La pasión gitana que hila con el amor y la muerte

Rafael Hilario Medina

Como salido de una pasión gitana, el yo poético de Rafael Hilario Medina se nos muestra rendido a la dicotomía ancestral Eros/Tánatos, haciéndola su pasión.  AMOR O MUERTE, título que nombra su ópera prima publicada, en 1989. 15 poemas más dos textos poéticos comprenden esta obra que tiene una fuerza expresiva bestial, pues sus poemas son "poemas machos” cargados de un erotismo desbordado y de una intensidad avasallante. Cada poema es un huracán, por la fuerza contenida; es una llama, por la energía calorífica que despide:

Te amo vestida de rojo cubierta de violetas 
en las tinieblas
Perseguida en la noche por un cometa solitario
Con tu sonrisa desprendida de un astro o de una piedra
Con tu mirada abriendo puertas o espejos o pupilas
Con dedos mutilados en la nieve
Rígida como estatua debajo de la lluvia
Confundida entre el olor de la lluvia y las espigas
Con un puñal oculto debajo de la lengua
Y una ciudad invisible poblada en cada axila

Te amo suspendida en el aire
Detenida por siempre
                                  Te amo muerta
Con un cuchillo o un jazmín flotando malherida

¿Es el amor un sueño como la muerte? La realidad es dura y se vive con los ojos abiertos, la utopía, las quimeras, los anhelos, los sueños, los vivimos soñando. ¿Vivir? ¿Acaso la vida es sueño?
Es el amor o la muerte quien nos mata // Es el amor o la muerte o tal vez el olvido

Aquí, acaso el poeta equipara el olvido a la muerte. Todos sabemos que hay olvidos que son peores que la muerte. Además, se dice que no hay peor muerte que el olvido. Más adelante declara: Es el amor o esa sombra de la muerte / llama que respiramos / cuando el adiós impone sus odios o su llanto.
Amor o muerte: la pasión irrefrenable de Rafael Hilario Medina, como de otros tantos poetas; dicotomía de Eros / Tánatos, que nos impulsa a amar, viviendo, o a morir, amando, en el que cada poema tiene un fuego intenso, cada poema es un huracán, cantado por un yo poético citadino, erótico con una gran pasión y un inmenso dolor, logrando una poesía de fuerte tono, en la que el poeta tiene la certeza de la muerte, pero parece no temerle, por amar, como si en realidad la vida es un sueño, y lo único seguro que tenemos, en verdad, después de nacer es la muerte. Y todo esto nos lo transmite todo teniendo de trasfondo a la ciudad, en donde los amantes se entregan a su melancolía y a sus recuerdos.   Por eso, en versos libres, irregulares y de variante ritmo, un yo poético citadino se entrega a su melancolía y envuelto en sus recuerdos, (Soy / el mismo ser errante / la misma sombra terca que se arrastra) le cantan a un tú poético femenino sublimizado con una intensidad pasional sin igual.
Ya en Truco de cámara el poeta dibuja la búsqueda de la mujer ideal. La innombrable, la mujer inasible, la amada que se le va. El ideal de amor, el amor imposible. Esto luego lo desarrolla a plenitud en Cifra del Sueño.   En truco de cámara el poeta aborda los sueños, pero en Cifra del sueño es donde se desarrolla a cabalidad su vertiente onírica. El yo que canta poetiza soñando, sueña poetizando, pues para él la vida es sueño. Y en esta obra, es obligatorio destacar el magnífico final, con el proema (poema en prosa) Una mujer, un enigma, tríptico que rompe la forma escritural al que nos tiene, hasta ahora, acostumbrado el poeta; un canto a la amada, pasional fluvial, desquiciado, y del cual reproduzco la primera parte:

1

gris la tarde a través de la ventana del recuerdo 
llueve sobre la piel reseca de septiembre     la taza de
café    el cigarrillo    los reencuentros con las mismas
nostalgias            una mujer      su sombra       su leve
caminar      su transparente vuelo     sus gestos     una
mujer será siempre un enigma         su beso despierta 
mis dormidos instintos              recuerdo que una vez
mientras la amaba la vi desnuda en un espejo        su
sexo era la letra de un alfabeto indescifrable          su
sexo era la luna del espejo         mi soledad entonces
se hizo río        aprendí a ser niño por sus ojos    pája- 
ro por sus venas    su amor era un encuentro de lunas
y puñales        soledad de dos cuerpos que se traduce
en llamaradas y gemidos       una mujer será siempre
un deseo perdido    la ternura que guardamos de una
calle          esa ciudad que en nuestro sueño amamos
la misteriosa sombra del enigma


Cifra del Sueño es un texto también muy intenso, con una fuerza poética arrebatada, pasional. Es, por otro lado un texto onírico, y mixto, en el cual se cuenta la búsqueda mítica de ese ser amado ideal, esa mujer imposible, soñada… de ese otro ser que nos complemente de manera quimérica. Pero, al poetizar, el yo poético la mezcla con la mujer carnal, física y, paradójicamente con la patria. La Patria representada en una mujer ideal. Mujer ideal, mujer patria. Por su forma es un texto polimórfico poemas, relatos, proemas, diálogos teatrales poéticos, monólogos, todas las formas posibles de escritura poética, para forjar unas imágenes líricas extasiantes. La mujer soñada.   El erotismo se hace presente, y vuelve sobre su espacio constante: la ciudad. Pero aquí aparece la casa, y esa parece ser, ciertamente la casa del poeta, pues en ella aparece, por primera vez, la figura del padre, y, por otro lado, reflexionar sobre el poema y su significado,   
El yo poético se metamorfosea. Y continúa en el uso de diferentes formas de escrituras, con las que parece jugar o experimental. Por eso, el texto se transforma en un “espacio ancho”, en donde el poeta se mueve a su antojo, en un laboratorio en el que el mismo ensaya nuevas formas, para él, entonces.   
El mismo poeta declaró “que este poemario es la obra más personal, íntimo, fue una búsqueda total, ya no quería el poema por el poema. Yo estaba buscando, Buscándome del otro lado. Y fue mi gran problema, pues fue mi gran frustración, enfrentarme con un texto como sombra de alondra. Es un texto profundo, muy doloroso.”
Dentro de su simbología, el yo poético que canta, se siente atrapado dentro de un espacio, dentro de la noche, dentro de los muros del silencio, dentro de un espejo, pero esos muros siempre tienen una ventana, y ese yo mira a través de la ventana y describe lo que está más allá de la ventana; y a través de esa ventana se escapa el poema, ve la tarde gris, la tarde húmeda, o al tú poético: a ella, incluso alejarse. Hay pájaros, hay sombras.  En ese muro también hay espejos, en los que se confronta ese yo poética con sí mismo.
   en el centro del espejo del sueño somos uno   gravitamos  el  uno   atado  al otro     rodamos y caemos precisamente en la prístina mañana del principio         inventamos el sueño       el espejo  viajamos  en  sus  somnolientas aguas      hundo mi lengua entre tus muslos y tiemblas como una ciudad estremecida en sus cimientos        bebo en sus fuentes el tiempo   el sol   agua     son dos olas sedientas tus  dos pechos      me asedian esos cíclopes en llamas       me  busco  en  ti    ignaro de mi origen      percíbome en tu sangre      respiro ya tu aliento      eres yo mismo y tú          nada nos ata  eres tú misma y yo y ya eres otra

El espejo es un símbolo constante en la poética de Medina, desde su primer poemario hasta el último; característica de los poetas ochentistas. Por eso, al pasar a la próxima obra del poeta, podemos iniciar diciendo: la luna, símbolo gitano, la luna es un espejo.
La luna y el dromedario en un largo poema o poema de largo aliento, que constituye, a la vez, la menos voluminosa de todas sus obras, construido con versos sueltos, sin estrofas, de forma críptica y escueta: cada uno de ellos parece contener un mensaje, más allá de lo dicho. Con ellos reflexiona sobre el amar, sobre su infancia, a la que parece retrotraerse al mirar la luna reflejada en un pozo, y mirándose a sí mismo, reflexiona sobre sí y se reconoce diferente, tutoriado por la luna, como espejo (No es la misma luna ni yo que la contemplo ya soy el mismo.). Aquí cabe preguntarse, ¿no será la luna, que todo lo provoca y convoca, una mujer, y no será el dromedario el alter ego del yo poético? En esta multivocidad propia de la poesía, y en particular del poema, todo es posible. Más en la poética de Medina…
Por último, los muros, desde donde el yo poético canta inicialmente, mirando todo a través de una ventana, caen o desaparecen cuando el poeta evoluciona hacia su libertad.   Es que la poesía de Rafael Hilario es música para, por medio de esa música encontrarse a sí mismo. Es una búsqueda, por eso los espejos para mirarse escrutadoramente y ver en la hondura del reflejo, que hay más allá.
Los sueños, como argamasa de su poetizar, es el closet del que saca sus imágenes, es el fondo de su espejo interior. Allá, por medio de lo onírico, se encuentra con el otro, con su yo, con el verdadero ser que lo espera en el fondo de su laberinto. En Sombra de alondra el autor retoma el camino de Cifra de Sueño, y con textos y diálogos, nos lleva de la mano al “pasado”: nos pasea por el antiguo Egipto y mucho más atrás, poniéndonos a cantar con él un himno sumerio. Su canal, su vehículo, además de la palabra poética, de los versos, son los sueños; es que a través de lo onírico, a lo que recurre siempre, él nos construye un “mundo”, su universo, su nirvana. Todo lo puede en los sueños, con los sueños, y por medio de ellos. Y es Sombra de alondra, en consecuencia, un cajón de sastre en él que todo cabe, y se ordena de manera poética: la alondra, el arlequín, el inquisidor, y la Sombra, que por supuesto es… una mujer. Vuelven a haber ventanas, espejos, la luna, la noche y la casa, es espacio vital, necesario, constante a lo larga de la obra de Rafael Hilario Medina. Y con todo esto, nos arma un poema-mundo hermoso, mágico, fantasioso pero aceptable, dentro de lo absurdamente bello que es la poesía.
Pero en este poemario, la casa, que en Cifra del Sueño, estaba en pie:

  «Amo esta casa sin puertas ni ventanas, sin muros ni escaleras, sin cuartos ni balcones. Amo esta casa.

Que era recorrida, en sueños, por su padre, p su fantasma, o su alma:

por los pasillos de la casa   en silencio   la sombra de mi padre solícita deambula                nada busca nada anhela     ningún deseo oculta tras su paso      de dónde vienes padre mío     le espeto acercándomele          esquiva la sombra se repliega  y me responde con una voz como surgida de lo más profundo del abismo              jamás hijo mío mientras conserves un sólo hálito de vida descubrirás ese misterio          sobre los muertos

ahora se derrumba, se destruye:

“Esa casa, cuyo hechizo era irresistible, cuya atracción era interminable, esa casa que ella ha llevada a la destrucción”.

Y Sombra nos dice: —«la insaciable, la indómita, la tres veces ungida por el dolor y el odio; madre del caos, dueña y señora de los insondables Arcanos de la Noche. —«¡Oh Sombra! ¡Sombra! —Clama el Ángel inmóvil abismado en el fondo de su grito

Ya dejamos claro lo importante que era para el yo poético ese espacio vital, la casa, a veces vista como muros, con ventanas o sin ellas, en la que parece habitar el sujeto lírico que canta,  y que a ella convergían la mujer, en este caso Sombra, su padre, y todos lo demás que entre a ese espacio onírico, la casa, el poema, etc. Pero ahora sabemos quién en este poemario ha destruido la casa: la mujer, que luego es nombrada Sombra, porque es transformada en sombra; una sombra que acompaña al poeta, perdón al yo poético a los largo de esta obra, y creo que más allá, junto a los espejos, a la alondra, a la luna, y todo el resto de los símbolos que echa mano el poeta para construirnos ese universo fantástico que es su poesía.      Y es que pájaros, dromedarios, ambos con su carga simbólica sagrada, le sirven para conectarlo en su búsqueda hacia sí mismo. Primero el dromedario con su culpa y luego la alondra con su alto vuelo, con su canto en libertad, con su mensaje divino. Y aquí debo sumar los campanarios, con sus tonos audibles distintos y distantes, son una llamada a algo, son una convocatoria. Unos campanarios que, aunque el poeta no se dé cuenta, tienen en nuestra cultura, un significado espiritual, una llamada al espíritu a meditar, a consagrarse, en este caso con un dios, quizás aquí minotauro, en el que el poeta pretende no creer, pero que le llama, y él obtempera a ese llamado, entrando al laberinto,  para su encuentro, que es lo mismo decir a su propio encuentro.
El contemplar a la amada, la poesía de la mirada a ella, desnuda, el contemplar los cuerpos, es la base del acendrado erotismo de la poesía de Rafael Hilario Medina. Y aquí debo referir la enaltecida visión que el yo poético nos brinda de la mujer: enaltecida, amada, rememorada de manera constante como motivante de parte de su poetizar. Pero, a veces, también culpable, como ha dicho en “sumerio”,  manera de posible ajuste de cuentas, en el desamor, que es la otra cara de la moneda. 
La búsqueda infinita de un ideal, tiene de fondo su ciudad. El escenario donde sucede su poética es su ciudad. Sale de sus muros a través de su ventana y se va a su ciudad, se va a su historia. A los suyos, a su aparente cotidianidad, sublimizándola.
Mucho más adelante, luego de agotar, a mi entender, la forma teatral de diálogos y las formas poéticas: poemas, proemas, el poema dramático, escénico, el uso de la historia, para poetizar, echa a mano del haiku. A todo le echa mano Medina. Todo ejercicio escritural constante, tomado con consciencia conlleva a una evolución. Y luego de pasar por Ser y ya no ser nada, un cuasi monólogo teatral, da otro salto con dos obras que corren en paralelo y en conjunto: Los días elefantes y El hombrecito de bolsillo.
Los días elefantes y El hombrecito de bolsillo, son dos obras entrelazadas, armados por escuetos textos desquiciados, compuestos de elementos e ideas disímiles, pero con los que el autor hilvana un discurso ameno, aleccionador, crítico y reflexivo. A manera de ajustes de cuentas melancólicos, y valiéndose de diálogos, descripciones de personajes, espacios y de atmósferas, a través de un lenguaje matizado por la poesía, nos articula esta obra de carácter mixto y de recia responsabilidad crítica.
En lo global, el autor se nos revela como un escritor comprometido con su tiempo, su rol y su pueblo, asumiendo, de manera sarcástica y jocosa, a veces, la voz de los demás y otras la de su consciencia, señalando los males que nos acosan y que amenazan con convertirnos en un país de bolsillo.
Con la apariencia de textos banales, que hasta podrían ser leídos a niños, como relatos y cuentos fabulados, al utilizar todos los animales, reales o mitológicos, y personajes infantiles televisivos y de cine que se le vino en gana a Hilario, chocamos con una obra profundamente crítica: Crítica social, crítica política y hasta crítica del arte y a los artistas en su quehacer. Es que Rafael Hilario Medina, cuestiona la realidad, ficcionándola, poetizando con ella, para parir textos sabrosos y divertidos, a veces estallantes, y mordaces, que muevan a profundas reflexiones sobre el acontecer actual y propio.”


Si bien, este texto se aparta de toda su poética, pareciendo que deja atrás el poetizar intenso, cargado de un lirismo alucinante, a veces,  y construido sobre las bases de unas imágenes de majestuosa  belleza, este es un punto de inflexión en su obra total, al igual ¿Qué antes lo fue Cifra del Sueño. Aquel hacia la profundidad del ser; su propio ser, escrutinio de su consciencia. Esta “crítica” general y particular, ajustada al tiempo, es bienvenida en una era de cuestionamientos al rol de los escritores y a la literatura en su responsabilidad frente a la sociedad y al mundo.
Es que, como todo escritor consciente, observa su realidad, la analiza y la aborda de manera crítica, plasmándola para dejar constancia de lo que es y, con la ficción en este caso, llevarnos a la reflexión sobre lo que está mal.

©Eduardo Gautreau

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