Saber Espiritual, histórico y dramático envuelto en la ritmicidad y la hermosura de una acertada lírica
El teatro es poesía que se sale del libro para hacerse humana.
Federico García Lorca
La poesía como arte y como alforja de saber, ancestral y trascendente a los tiempos, ha significado un importante medio de expresión del alma humana. No es en vano que fue la forma poética la elegida para dirigirse a las divinidades, así como para exorcizar las penurias y anhelos de los hombres y mujeres a poco desde su aparición en este vasto Universo. De ahí que es la misma poesía la utilizada en la recitación oral y luego para el registro de los libros sagrados por los pueblos antiguos, ya que ella viabilizaba la memorización de los contenidos y facilitaba la atención de los escuchas al hacer más ligero y atractivo su decir. Por otro lado, fue tempranamente reconocida como fuente de saber, al provenir de la más importante cantera natural y permanente de conocimiento humano: la intuición. Cantera altamente valorada por todos los pueblos, hasta casi nuestros días, a lo largo del devenir de la raza humana.
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| Juan Carlos Mieses |
Pero también la poesía fue útil para el registro de hechos y mitos, siendo el vehículo adecuado, en ese entonces, para guardar la memoria de esos primeros pueblos. Por lo que, tanto en Oriente como en Occidente, sirvió para acuñar la historia de esos primeros siglos de la existencia humana; y del mito al suceso real, todo lo registró con hermosura la poesía. Basta solo con dar una ojeada a los primeros libros en la historia de la humanidad: el poema de Gilgamesh, la Ilíada y la Odisea, el Mahabharata, la losa de Cascajal, etc. Todos registros poéticos que relatan hechos, en donde lo mítico, lo real y lo mágico- religioso se entremezclan, perdiendo sus fronteras, pero, de manera útil y hermosa, se erigen como fuentes universales de nuestros orígenes.
Más lejana aún es su relación prístina con la filosofía: la poesía, como fuente primigenia de saber intuitivo, fue la cuna en la que se arrulló la hoy madre de todas las ciencias. Y quien no crea esto como verdad solo tiene que hurgar en los conceptos plasmados en Los Diálogos de Platón.
Resumiendo, dejemos en claro: primero fue la poesía y luego lo demás, el teatro, la historia, la filosofía y las demás ciencias. Poesía: génesis de arte y conocimiento, génesis de todo en pensamiento y acción intelectiva humana.
Ahora, para cerrar esta necesaria introducción, es fácilmente comprensible el por qué todos los grandes poetas de la historia han sido en parte filósofos o sabios, o por otro lado, como los mejores teatristas han sido inmensos poetas. Y por ende, en lo actual, un poeta que desee trascender con su poética, debe beber en las fuentes clásicas de la historia, la filosofía y el teatro antiguos.
En el escritor Juan Carlos Mieses —poeta, narrador y teatrista— convergen las aptitudes propias de un Saber Espiritual, histórico y dramático envuelto en la ritmicidad y la hermosura de una acertada lírica.
Mieses, como todo creador, echa mano a su erudición como fuente de datos para su poética. Amplio conocedor de la historia, nacional y universal, del conocimiento del mundo clásico, principalmente el greco-latino, y devorador de los mitos occidentales, entre ellos nuestros fundamentos bíblicos, construye poemas de largo aliento, con mucho ritmo y belleza poética. Con imágenes, a veces exuberantes, sobre temas históricos, sociales y socio-políticos. Su poesía es crítica y reflexiva. Lo nacional se vuelve universal y lo universal se hace nuestro. Juan Carlos utiliza recursos variados para poetizar: Sus memorias de niño, su entrañable amor telúrico, su amplio conocimiento sobre historia, arte clásico, y sobre todo el dominio de lo bíblico, que es un tema constante en su discurso lírico.
Juan Carlos Mieses no escapa a sus otras condiciones de teatrista y narrador al poetizar, por lo que se reconoce, fácilmente, lo narrativo y lo teatral, pareciendo algunos largos poemas monólogos propios para un montaje.
Aunque nos deja clara su erudición, su lenguaje poético es entendible, sin dejar de ser fino y elaborado. Recurre con frecuencia al latín, al francés, al creole, para expresar su decir poético.
Su lirismo o hermosura poética y, sobre todo, el fluido ritmo poético de tono narrativo tornan muy suave la lectura de sus extensos poemas.
Poeta ente todo su obra es encuentra publicada en seis poemarios originales y uno antológico: Urbi et Orbi (Premio Siboney 1983); Flagellum Dei (Premio Siboney 1985); Gaia (Premio Pedro Henríquez Ureña (1991); Dulce et Decorum (1997); Aquí, el Edén (1998); Desde las Islas (Premio Internac. de Poesía Nicolás Guillen 2001) y, el recopilante, Oda al Nuevo Mundo (2010), poemario que reúne poemas escogidos por él mismo y que incluyen algunos no publicados antes.
Si se ha planteado que la obra prima de casi todo escritor es muestra señera de toda su obra futura, en Urbi et Orbi, Mieses confirma a cabalidad eso. En versos blancos, breves y muy rítmicos, el poeta nos brinda imágenes y metáforas de alta calidad y hermosura; construyendo poemas de largo y mediano aliento, monoestróficos, divididos en secciones señalizadas en números romanos, en los que el primer verso es destacado, a manera de título. Otros son poemas individuales con temáticas distintas y diversas, agrupados por secciones. De ellas deseo destacar tres: Absolución de lo Eterno, a mi entender, lo puntual de este volumen, en la que el autor poemiza con el Génesis y el Apocalipsis bíblico, a la vez, en la manera de un monologo del yo poético frente al Creador, humanizado tal vez, o desmitificado, pero eso sí engrandecido, enaltecido, tanto en el decir como en lo hace. A mi entender una bella alabanza lírica. Luego de cantar a lo Absoluto, le canta a su terruño, representado en su ciudad, la que hizo de él, la de su sueños posteriores, la que nostalgiará en sus postreras, repetidas y constantes ausencias; la simbolizada en el doble atractivo y rechazo de su pasado señorío colonial: Santo Domingo, la Primada y bien amada por tantos de nosotros. Por eso él la nombra, Ciudad de Siempre. Por último de ese poemario primo, solo quiero señalar, que retoma, de forma clara el Apocalipsis, con menos vuelo lírico y que en este, como en los demás poemas y secciones encuentro como constante el tema de la muerte. Un importante eje temático en la poética del autor.
Flagellum Dei, un poema épico en torno al rey Atila, en el que aborda con una inmensa belleza lírica la figura y acciones militares de ese gigante de la historia del combate, y nos deja como mensaje lo inútil que es el vano engrandecimiento de los efímeros humanos, no importan cuán grande sea su gloria… pasarán sin dejar vestigios reales de su propio existir.
Gaia, una rapsodia sobre el hombre y el Cosmos, que en vez de sonidos y tiempos combina imágenes y metáforas de deslumbrante belleza, cantadas en tono narrativo, en la sucesión de noche y día, en una obertura, cuatro movimientos y un finale. Grandiosa composición poética, tanto por su hermosura poética como por su tema y mensaje. Para su basamento no escatima teoría del saber humano sobre el origen de nuestro planeta, visto con ternura, a usanza de los antiguos, como madre y mujer, Madre tierra. Que da y necesita ternura, cuidados y protección.
En 1997, publica Dulce et Decorum, en donde, tomando como pretexto la famosa frase proveniente del poema lírico del poeta romano Horacio, contrapone ganadores y “perdedores” de la historia, inmortalizados en la memoria patria y cosificados perennemente como estatuas, para realizar una crítica socio-política nativa a eso “héroes” de hoy, pero que fueron los mismos actores políticos pasionales, ambiciosos o desprendidos, al igual que siempre.
Luego, al siguiente año, se embarca en “Aquí, el Edén” un relato a cuadros secuencial y entrelazados sobre la cotidianidad teniendo como escenario su edén nativo, otra vez la ciudad de su infancia y de sus sueños: Santo Domingo. En este texto un yo, un tú, un ella poéticos, cual personajes de un drama, pero lírico, erotizan en medio de sus necesidades materiales y etéreas. En el relato un narrador se mueve, porque vive y desvive en la antigua ciudad de los colones, y su ojo escrutador, como yo poético del autor, diseca la ciudad, sus partes vivas, deambulantes y sufridas, para que su mano, en versos, dibuje los bosquejos de los personajes que la realidad mal desdibuja a diario.
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| Juan Carlos Mieses |
Por último, en Desde las islas, el yo poético de Juan Carlos Mieses se inspira y canta. Canta a nuestros orígenes y a nuestra identidad –dominicana, caribeña, iberoamericana y universal. Con una larga secuencia de versos blancos, ligeros, rítmicos y líricamente hermosos realiza un relato exuberante, analítico, sobre el quiénes somos y a que debemos lo que en realidad somos y tenemos. Con un prólogo y cinco cantos logra una oda exultante al nuevo mundo, pero no al territorio, no a las tierras y su paisaje, si no al nuevo mundo humano resultado de la unión y el sincretismo del dolor y del amor telúrico de las tres razas que le dieron origen a ese conglomerado de almas y tradiciones que hoy llamamos Nuevo Mundo.
Intitulados en latín, adornados con trazos dibujados a carboncillo, desbordados de hondos conocimientos de Historia y de clasicismo, con la imponente casi omnipresencia de la primada y menor Santa María, revoloteante de palomas y de versos en francés y creole, sus obras son montajes teatrales, monológicos y a veces dialógicos, cargados de hermosura lírica, no exentos de análisis y de crítica, que se erigen como catedrales de saber intuitivo, rítmico y narrativo. En ellas como bien declara el autor, nos desdibuja la historia, señalándonos que no hay personajes buenos ni malos, solo son “personajes” que actuaron movidos por la trama de sus vidas y los hilos de la Historia. Concepción, tal vez, fruto de la influencia que el teatro ha dejado en el yo del escritor, pues antes Mieses fue actor, y quizás no ha dejado de serlo nunca, hoy detrás del personaje del narratario –que es más seguro- con la máscara del autor; así no expone demasiado su yo, distanciándose más de sus propios textos.
©Eduardo Gautreau


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