El estado de Gracia que persigue un fausto Zorzal que gime a lo Absoluto: René Rodríguez Soriano
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| René Rodríguez Soriano |
Soy marinero en el mar del lenguaje, pescador de perlas que tanto brillan como suenan de hermosura. Día y noche navego en las aguas fecundas y jadeantes de mi lengua. Lanzo el anzuelo de la imaginación y, aunque no pesque más que el temblor del sol en el cimbreante cristal, sigo esperando que la bolla de mi corazón se ahogue de asombro, picada por el pez irisado de la belleza. (La seducción del Aire, Canto XI.) FLH
“La poesía es un estado de Gracia”, expresó la poeta Pastora Hernández, en su intervención en una de las FIL-SD; esto me recuerda que ya mucho antes el poeta español Antonio Colinas había dicho “La poesía requiere de un estado de gracia para ser compuesta”.
La poesía se forja del misterio eterno de la palabra, y surge de lo profundo y críptico del ánima. Por eso, Octavio Paz, dijo que ella era la más perfecta resonancia del alma humana.
Desde siempre ha sido utilizada como canto, como ruego, como lamento o gemido, por el sujeto lírico, poseído por el arrebato de su forma, a un interlocutor, la mar de veces, distante, ficticio, etéreo, inexistente, ideal, irreal y ausente; en muchas otras, a un tú poético carnal o divino, alcanzable o inalcanzable, que solo escucha el canto o el lamento, en la majestad infinita del silencio. Pero en cualquier situación, a través del misterio poético el yo del poeta resuena con las ansias de que sus palabras lleguen a todos, es decir, a los lectores que necesitan de la poesía para proseguir por la senda de la vida con sus cargas.
Por ser resonancia del alma del poeta, cada poema es un monólogo, un soliloquio personal, o dictado por las voces internas de quien crea, un diálogo con un tú poético escogido por la carencia, por el dolor, por el amor o desamor, por lo que sea, que trasciende a lo situacional que dio origen al poema, pues puede crear un mundo, de belleza y armonía, con su decir, que puede sobrepasar a lo personal e ir mucho más allá de lo vivido por el sujeto lírico. Los poetas viven y mueren, pero el verso es eterno, la poesía infinita.
Atizo el fogón de la palabra
para que no se apague el verso,
el canto, el signo. Hay brasas
que no fenecen nunca, que jamás llegan a cenizas.
¡Eso es poesía! ¡Belleza!
La palabra es espejo, pozo en el cual se refleja el alma. Con
ella construyo la «casa de la presencia». A menos palabra, más brasas, irradiación de plenitud. (Canto XII, Ídem.)
Seducido por la naturaleza, arrobado por la manifestación de Dios en la Creación y gimiendo por una presencia perpetua de Él en su vida, la poesía se ha hecho canto de exaltación, ruego profundamente humano, gemido adolorido en Fausto Leonardo Henríquez. En su poética Dios es un grito permanente, una necesidad sentida. La poesía es su casa, su alma: la «casa de la presencia». Y se torna parte de su misión y ministerio:
Escribiré sobre el papel hasta que haga fuego, hasta que la punta de mi pluma, rozando el pedernal ultrafino de la alborada, lance chispas, pavesas de alegría. Tengo una obligación con la claridad, un mandato del mar, un imperativo categórico con mi voz de aire y fuego. (Canto XIV, Ídem.)
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| René Rodríguez Soriano |
Desde Claridades (1994), su primer poemario, asume el canto de exaltación al Creador, por medio de la naturaleza, y emprende una búsqueda de Él, unas ansias, una sed, que se manifestará de manera constante.
Te he buscado en la luz
y no te había encontrado
La luz brillaba ante mí
y estaba alegre
total
muy ella en su resplandor
No te hallaba
aunque te busqué dentro de la luz
e llamaba
y tú me respondías
pero no te veía
al final descubrí
que ni estabas dentro de la luz
ni estabas fuera de la luz
La luz eras tú!
Hallazgo.
Será su yo poético zorzal, ciervo, niño, hombre... o cualquier otro elemento de la naturaleza:
Soy rama donde se asienta el viento, fruta que madura en el árbol óseo del vivir. Soy piedrecilla que el arroyo de los años arrastra imperceptiblemente hacia el río de lo ignoto, hacia el océano de la eternidad. Soy punta de lápiz que desgasta la escritura o borrador de pizarras que el sino llena de fórmulas algebraicas, rayo de sol que penetra las ramas de los instantes. Soy libro que lee la luna o que hojea el anillo de Saturno, tierra que humedece la harina del palpitar de mi corazón, eco de un grito imperecedero. Soy hard disc donde los dedos de la alborada escriben mi biografía, mi historia, mi canto. Soy cumbrera de oros que acrisolan los ruiseñores, puente entre la oscuridad y la luz para que pasen por él todos los atardeceres y las lluvias. Soy minero de poesía, labrador de versos, mendigo del misterio. Soy «un vaso que sólo se llena de eternidad» de luz, de murmullo de abejas de oro, de silvestres silbos de aguas torrenciales. (Canto XV, La seducción del Aire)
Mas, en esta búsqueda de lo divino, el poeta reconoce sus oscuridades, o más específicamente que ese camino no solo es senda de Gracia, de plenitud, también es de sufrimiento, por las oscuridades del espíritu:
La luz del alba
nace primero en la noche
en la oscuridad del corazón
Es dentro
donde sale el sol
anaranjado y rojizo
Siempre es de día
en el balcón de la infinitud
pues el sol quema
lo que es tiempo
y noche amarga.
Sol de dentro
86
Verdad profunda, océano inviolable. Se ahoga en ti
Mi inteligencia, la razón.
En la vastedad de tu ser, oh Verdad,
Despojado de todo, desnudo de tierra y hojarasca,
Te reconozco por el olor a cielo,
Por la llama que no se consume en la visión.
Me nombras y mi fe tiembla; me miras,
Y mi alma ya no gime.
Ínsula Presentida
S
Soy barro ungido de esencia, muerte y viento.
La eternidad es sólo una ínsula presentida.
Baja la cierva al manantial.
Cuentos, Poemas, Cantos
El mayor insulto que me han hecho siempre,
para no considerarme buen narrador
es que el lenguaje es muy poético.
RRS
El estilo de René Rodríguez Soriano es una mezcla de remembranzas, con el acompañamiento magistral de la imaginación y la poesía. Mezcla difusa de cuentos y proemas, sin métrica, sin rima, pero plagados de un ritmo y una dulzura literaria que cala en el alma. Cuentos poéticos, poemas narrados que tratan del arraigo del corazón en una época y en una tierra que no se olvida, pues la llevamos dentro, que no se va pues no se olvida jamás: La infancia, la adolescencia, la juventud primera y el terruño natal; como la primavera, cuajada de flores y frutos, del verdor de la vida y de aquellas experiencias iniciales que nos marcaron el alma y nos abrieron el corazón y los ojos a la Vida. Se apoya en su cotidianidad, tomando cualquier cosa como pretexto: una canción, una película, un cuadro citadino o la emancipadora figura de una caribeña mujer, que le estimule, el soma y el alma, para de ahí volar y haciendo firuleos dar con la poesía disuelta por los aires.
Por eso en su estilo cabe todo: el relato triste del (des)amor, como grito de ausencia, dolor del alma que perece porque aún ama (Voz sorda); la ensoñación lírica con las palabras puentes entre la poesía y el cuento (Parada Siete -¿proema o cuento? Poco importa); el diálogo de amor salpicado de poesía y promesa (Canto rodado); el asalto de nostalgias desde el matinée de la vida que alguna vez fue un estreno (Casete para colección); o tantas otras cosas que habría que leer la obra entera para conocer a precisión lo sugestivo de su decir: Diciendo todo con poco. Diciendo todo con nada y por demás con demasiado belleza.
Como buen escritor, su debilidad es su mayor atributo: narrador con un lenguaje muy muy poético. Es que esta es una de sus claves: Su hermosura al decir. RRS construye cuentos casi minúsculos, con la "concretud" de un poema, pues el idílico decir más el sorpresivo final melancólico nos dejan un agradable sabor en los labios del alma. Sus cuentos son casi cantos, sus cantos pueden ser contados. Sus poemas narrativos, tachonados de imágenes poéticas, generalmente encierran una historia que es fácil seguirla hasta de un poemario a otro: Alicia, reinando en su imaginario, Santo Domingo, su urbe poética, en la que todo pasa y todo queda… sus personajes poéticos, a veces con nombres y apellidos, recorren las calles de un mundo lírico, narrado en versos, en el que sucede todo; eso sí, siempre con música de fondo, con una copa de vino en frente y hasta con una niña de color gris metal dominando sus añoranzas, atesorando un pasado que el autor se niega a dejar ir, y al que vuelve constantemente para domeñar la nostalgia y al pasado.
Fina y delicada filigrana que encanta con su arte-sanía para contar. Pues RRS es un orfebre con el papel, pero que en vez de trazos de oscura tinta dibuja y desdibuja con finos y dorados trazos, así nos va pintando un pasado, su pasado, que también fue nuestro y ahora lo retrotrae reinventado; con más brillo, con más finura para que soñemos. Arte sano, realizado con la mente, manualidad forjada con el ánima.
Sus formas poéticas rompen con lo convencional, siendo su decir desenfadado, a veces parece incompleto y a manera de paréntesis abiertos en el que titilan en ausencia los signos de puntuación, en especial el punto final.
©Eduardo Gautreau


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