Evolución poética del oficio invertebrado de un cultor de la palabra

Alexis Gómez Rosa
Alexis Gómez Rosa es uno de los pesos pesados de la poesía actual dominicana, quien con un pie en la isla y otro en Estados Unidos de Norteamérica, es uno de los máximos exponentes de la doble visión de lo dominicano que tiene el criollo que emigra de su terruño. Con una prolífica producción poética, hoy por hoy, es reconocido como uno de los poetas con mayor incidencia dentro y fuera de la literatura quisqueyana. Indiscutible amo de las premiaciones nacionales, junto a Adrián Javier, tiene acumuladas una de las mayores cantidades de galardones, en la actualidad. Es también, quizás uno de los poetas sobre quien más han escrito otros poetas y críticos: Pedro Granados, Manuel García Cartagena, Jeannette Miller, José Mármol, Plinio Chahín, Pedro Pablo Fernández, Carlos Ardavín, son sólo algunos de los que se han acercado a su obra para el escrutinio literario. Por otro lado, es Gómez Rosa, uno de los poetas más consciente de lo que hace, proclamando por sí mismo, a los cuatro vientos, en entrevistas, declaraciones y en su propio espacio virtual, lo que piensa y siente sobre la poesía y el por qué hace lo que hace, cosa esta que le da una presencia constante en los medios de comunicación de masa.
Su extensa producción poética, que completa varios cientos de páginas, a modo de un festín, contiene todo lo que es y lo que vive el yo personal de Gómez Rosa, que no es otro distinto a su yo poético; de hecho, para mí, todo lo que hace y vive el hombre lo dice el poeta. No parece haber frontera alguna entre el hecho personal y hecho poético de este escritor. Su poesía no está envuelta en misterios, ni en bruma de belleza. Es una poesía desnuda, excesivamente cotidiana, real, tangible y vívida para él. Es tan temporal que nos da la sensación de ser finita. Tan localista que nos ubica en un solo lugar, en específico, y el cual describe con lujos de detalles.  Tal vez, Alexis ha aplicado al extremo a García Lorca, en cuanto a que la poesía se encuentra en las calles y pasa a nuestro lado al caminar. 

Sin fronteras en su poetizar, ha hecho desde el haikú hasta largos poemas; ha ido desde la poesía con marcado tinte político hasta la poesía lírica, con leve esencia de romanticismo y tinte erótico; desde la poesía en versos, pasando por el proema hasta caer en el anagrama sin letras, sin palabras. Eso sí, con una constante en toda su carrera, la presencia de la motivación social y el hecho diario. Gómez Rosa no olvida, en sus composiciones narrativas y descriptivas, de poco vuelo lírico y de ritmo bamboleante y de influjo coloquial franco, a su barrio, a sus amigos de infancia, a sus familiares, a sus amores, cargando de manera perpetua con su hoy y su ayer, para construir su poética. Una poética muy personal, a veces en demasía, totalmente abierta, evocativa, sencilla, provocadora y crítica. Donde él enaltece a su gusto a los personajes sencillos y sin importancia erigiéndolos casi en héroes y heroínas, al ficcionar con ellos, en un poetizar que tiene tiempo, fecha y a veces hasta hora precisa. Se me antoja, que él, como poeta, es un inmenso antropólogo social posmoderno. 

Gómez Rosa no rebusca en la lengua, ni retuerce las palabras y mucho menos inventa con el idioma para construir sus imágenes poéticas. Y en lo concerniente a ellas, en su producción poética, se nota una importante variación a lo largo de la evolución de su experiencia poética. Habiendo escrutado sólo parte de la poética de este fecundo escritor, me allegué a: “Oficio de post-muerte (1973), High Quality, Ltd (1985), New York City en tránsito de pie quebrado (1990), Si Dios quiere y otros versos por encargo (1997), La tregua de los mamíferos (2005), Ferry boat de una noche invertebrada (2006) y Marginal de una lengua que persigue su forma (2009). Faltándome 6 textos poéticos, en estos siete leídos y analizados me puede acercar al estilo particular y sui generis del mismo, sin pretensión alguna. Sin querer desglosar todo lo concerniente a su escritura e intentando no redundar en todo lo dicho por los citados eruditos que ya satisfactoriamente han abordado la poética de este sólido poeta, considerado por algunos como un poeta mayor y como el más destacado de los poetas actuales dominicanos. 

Sus versos blancos y totalmente libres, no pretenden la grandilocuencia lírica ni la pálida belleza de matices pasteles, al contrario son de fuertes tintes oscuros y multicolores, con los que él siempre nos cuenta o nos describe algo. Es el poeta que narra el existir, con aciertos y desaciertos propios y ajenos. Recogiendo las historias callejeras y domesticas desde el asfalto de sus barrios, a lo largo y ancho de un Santo Domingo que se ha trasformado antes su(s) ojo(s), entre viajes y ausencias y la inmensa New York, con todo su bestiario social y sexual. Por eso, visualizo al poeta como un cantor itinerante, sensible y dicharachero, que vive poéticamente su propia vida, entre la bachata y el jazz, entre el MOMA y el palacio de la esquizofrenia, entre el sol de Manhattan y las fresca brisa de un malecón que le recuerda a sus amigos idos, entre la calle El conde y aquel abril de sangre que amamantó a tantos insaciables de poder.

En su evolución poética se identifican las etapas propias de muchos dominicanos y latinoamericanos que brotaron a la vida en la segunda mitad del pasado siglo XX. Él, como parte de la ardiente juventud, arrullada al calor de las ideas libertarias que conmovieron a casi todo el continente que se retorcía bajo las botas o en las garras de regímenes que ahogaban todo lo existencial y “progresista”, enfrentó con su pluma al déspota ilustrado, pariendo sus versos como un  “Oficio de post-muerte”. Pero, como también tantos otros, por algún motivo, que no importa analizar, emigra al corazón de la ideología que combate... Y ya en Nueva York, se integra como parte de la “diáspora” a todo el “sistema” y aprende el idioma del imperio, adquiere otras visiones del mundo y la literatura, con una alta calidad (High Quality) que le permiten experimentar con formas poéticas novedosas para sí. Su saber literario crece y se ensancha su conocimiento de la poesía. Y avanza por un “New York en tránsito de pie quebrado”, coqueteando con el experimentalismo literario, propio de la época, desafiando las reglas aprendidas y como osado, escribe como le venga en ganas: Anagramas, poemas, proemas. Todo lo escribe y lo usa a su antojo, con altura y hombría literaria, sin recurrir a vulgaridades ni palabras descompuestas; algo muy común en lo poetas postmodernistas. Lo plasma en español, en Spanglish y luego en el más puro English. Pero siempre con la memoria puesta en el barrio, en la llaneza de su forma originaria, que le hace ver y enfocar al Bronx, y a Nueva york completa, como si fuera un barrio más del Santo Domingo que dejó atrás y al que anhela volver...

A esas alturas es ya el poeta eminentemente social. Que evoca las cosas pequeñas de las personas sencillas; los de abajo, lo que más tarde llamará marginales, a los que les presta su voz para que clamen o simplemente canten. Que en su constante devenir vive con la mente aquí, en la isla y el resto de su naturaleza allá; pero siempre con el corazón errante, a cuesta, como compañero de sus aventuras. Y, por estas mismas aventuras, por ese afán de contar lo pequeño, lo cotidiano, su ánima poética se va transformando, trastocado por un romanticismo fruto de sus vivencias, ya que como cantor itinerante, cuenta todo lo que siente, lo que vive y lo que anhela. Por eso, a mi modo, culmina con un giro de autenticidad y hondura sentimental que le hace parir su obra, hoy, más celebrada, por acabada, por pulida: “Ferry boat de una noche invertebrada”. La cual quizás resume todo lo que ha sido Alexis Gómez Rosa: Un quijote, soñador con cosas más allá de la cotidianidad, a la que él mismo le canta. Un itinerante que no se acomoda totalmente “aquí o allá” y que vive en medio de su mar, en búsqueda constante de un nuevo amor, de un ideal, de un mejor mundo. Un hombre, que en ambos yo, el poético y el humano, aceptó el paso del tiempo sobre su cuerpo y su espíritu, acatando el consejo de los años. Haciéndose más sensible, más dulce, en su cantar, más romántico al evocar su pasado.
©Eduargo Gautreau de Windt

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