El yo poético sobre-expuesto a la pasión de un Ángel


En el quehacer literario, el autor tiene a mano múltiples formas de escabullirse para esconder su parte personal. En la narrativa, el uso del narratorio y de los personajes le proporciona distintas máscaras a este para dichos fines. En la poesía, la figura, difuminada y difusa, esquiva y sin forma, del yo poético es el disfraz perfecto para esconder el verdadero yo del autor. Es este yo poético quien ficciona al producir el poema, utilizando la argamasa del sentir del autor y su realidad, con la irrealidad poética final. El “uso adecuado” de este yo poético, aunado al intrincado lenguaje propio de la poesía, tachonado de imágenes y metáforas que esmerilan la visión de lo real dentro del hecho poético, logran sobre-esconder al autor, manteniendo así, su “privacidad personal” y evitar los señalamientos y cuestionamientos a que se le pueda someter por lo plasmado en la obra poética. Esto es así y siempre lo ha sido, ya que el hecho poético, generalmente, parte de una vivencia mucho más íntima que el hecho narrativo, estando, además, mucho más cargado de emotividad y hondura de sentimientos, que el segundo, cosa esta que comprometa aún más. En la literatura, a excepción del ensayo, en el que el autor debe ser claro y directamente responsable de lo plasmado a través de su palabra, no existe forma alguna de señalar, con absoluta certeza  a un escritor como totalmente dueño de los pensamientos e ideas plasmados en su obra, ya que existe un porciento de ficción que parapeta el porciento de realidad. La persecución de esta correspondencia ha sido una de las labores ancestrales de críticos y analistas de las obras literarias. La búsqueda de la correspondencia entre la ética y la estética de una obra o un conjunto de obras de un autor.
En esa búsqueda ético-estética el mismo yo poético se guarece, perdiéndose, entre el lirismo propio de la obra. De hecho, mientras más ducho sea el poeta más difícil será de señalar a aquel. Por tanto, el yo poético que canta, y siempre está presente, frente a un tú poético, a veces ausente, intentará siempre escurrirse entre los versos, bajo las imágenes y metáforas propias del poema. Siempre intentará no exponerse para salvaguardar al autor. Pocas veces, entonces,  se  puede encontrar con yo poético expuesto, que personalice la obra poética y que facilite el reconocimiento y la relación de la obra con el autor.
  Mucho menos común será hallar un yo poético tan expuesto y tan explícito como el que encontramos en “Estaciones del Ángel “de Argelia Aybar Muñoz. Un yo poético que se materializa, corporalmente, asumiendo toda la carga dicente de sus poemas a manera de: confesiones, abiertas y directas, auto-cuestionamientos, divagaciones, auto-negaciones de su verdadero yo. Todo asumido “conscientemente”, a ex profeso y sin máscaras; para hacer un exorcismo de sus tribulaciones a través de sus poemas y versos.
Es un yo poético que atraviesa por un viacrucis dividido en tres estaciones: Estación de lluvia, estación de fuego y estación de dolor. Un yo poético femenino, desnudo, sobre-expuesto; transido por el sufrimiento que atraviesa, “víctima de un naufragio” pasional inmenso, en donde éste yo se siente: sola, seca, solitaria, con frío, vencida, insomne, con sed, líquida, desnuda, escindida, con miedo, siendo atormentada por alguien de quien no dice nunca su nombre.
Sufre un desdoblamiento por el que ha dejado de ser ella y en el que ella (el yo poético del que hablamos) le canta, le invoca y le reclama a ese ser alado que llama ángel y quien es destinatario y motivador de sus versos, tal vez, origen y provocador de toda esta pasión, en todas las vertientes de la palabra pasión,  quien es su “tú poético”. Este, a la vez, es cambiante, multifacético, de mil caras, a veces bueno, otras tantas malo, a veces ángel, tantas hombre, y a veces demonio, que le hace bien y a ratos le hace mal; que es su refugio y alto anhelo y otras veces su castigo y  martirio. Tal vez como cualquier amor humano o no. Que la posee y la “habita”, dándole luz, pero en ocasiones le abandona “ataviada de sombras”. Y nunca, jamás, le contesta a sus interrogantes e interpelaciones, guardando siempre silencio a sus cuestionamientos.
Esta actitud denota una situación de inequidad pasional, en la que el ángel sólo se deja amar, admirar e invocar, sabiéndose necesitado, objeto de pasión y de lujuria, en cambio, la amante, que padeciendo entrega todo, ante el silencio de él sólo canta, sólo es hoja otoño aferrada al viento.
Este yo poético a veces es enaltecido, otras tantas disminuido ser como simple “barro húmedo”,  vencida espuma, que necesitan imprescindiblemente, como razón de vida o muerte, a aquel  ser alado, como ángel, tan superior a ratos que le invoca tal si fuera un dios.
Ella, seca, escindida, náufraga, también era un ser alado (desdoblo mis alas/en impreciso abandono,/reclamo tus latidos./Con tu último beso muero.) Y digo era, ya que: “perdió sus brazos, sus ojos y sus alas” tal vez por el mismo padecer de este inmenso amor, que moja  tal la lluvia, que quema como el fuego y duele, inconmensurablemente duele, al punto que transforma. ¿Acaso era ella también otro ángel?

Es tanto el padecer, que en un breve momento, éste yo poético, desesperado,  parece recurrir a alguien por encima del ángel, e invocándole le solicita:

Acállame esta voz,
viajera milenaria...

Y continúa en otros dos poemas, a seguidas, dirigiéndose a un ser, que podría ser Dios. Y a él le dice:

Búscame, mientras se le presenta, tal como es, callada rosa, novia vestida, inocente reflejo, barro y “antigua voz que aguarda y calla”.

 Adolorida, padece todo por amor, y por este mismo amor parece redimirse, pues en su mismo sufrir se acerque al cielo:

“el cielo abre sus puertas
soy yo quien llega a tu estación:
surges para llevar en luminosos ángeles
y me mojen esta sed.

Al final de este viacrucis poético alcanza la catarsis, plasmando en versos:

¡Oh ángel!
Ahora que el dolor pasta en mi pecho

Para luego pedir, en sus versos finales:

Soy peregrina del dolor
déjame ascender
y descender sosegada.

Para plasmar todo este dolor líquido, hubo de herirse en sus placeres y exorcizar su alcoba de hechizos y fantasmas, y ayudada de imágenes y hermosas metáforas lograr 59 poemas, cargados de un simbolismo metafísico y un significado etéreo que nos transporta más allá de la cotidianidad  y de la realidad de una relación pasional común y sencilla. ¿Habrá convertido el yo poético de la autora a un ser normal, protagonista de una pasión cualquiera, en un ángel? ¿Enaltecimiento supremo del objeto del amor? ¿Sublimación máxima de un amante normal? El lenguaje poético se presta para todo y es capaz de cualquier cosa al momento de concretar con palabras cualquier experiencia humana, más, mucho más, si esta experiencia está cargada de pasión. El ser poético se inspira en un hecho que le conmueve y de este, elevándose, le da paso a su yo poético para que para, con hermosura lírica, los versos y poemas que brotan de su ánima.
En este poemario, cuya primera parte “Estación de lluvia” consta de 20 poemas, la segunda “Estación de fuego” de 15 poemas y la tercera “Estación de dolor” constituida de 24 poemas, todas ellas están entrelazadas y concatenadas de manera adecuada para formar un todo. Un todo poético escrito con un lenguaje sencillo y de palabras normales, pero rico en imágenes y metáforas, algunas deslumbrantes, que nos transmiten el hondo sentir de la autora. Su simbolismo se explaya en la utilización de términos de gran significado lingüístico: ángel, barro, náufrago, dolor, líquido, luna, espejos, lluvia, etc. Llama mi atención la recurrida manera de utilizar la palabra líquido(a) aunada a otras palabras para la formación de una imagen fluida diversa y multifacética, de ahí surgen las metáforas: dolor líquido, alma líquida, hondura líquida, espacio líquido, agonía líquida, ángel líquido, y cualquier otra que se me pudo haber escapado.

 Argelia Aybar Muñoz

En el lenguaje poético de Argelia, también llama poderosamente mi atención, el uso claro y directo de la narración poética en la primera persona del singular: Yo. A lo largo de todo el poemario, y en los 59 poemas, la partícula yo o sus correspondientes (mí, mío) junto al uso de la forma verbal para dicha persona, denotan a un yo poético sobre el que recae directamente toda la acción y el decir en el discurrir lírico. Por eso lo catalogo como un yo poético sobre expuesto, a flor del poema, superficial, protagonista a conciencia de todo acontecer poético. Si discurriéramos en la correspondencia ética y estética, autor-obra, poeta y poemas, tendríamos que decir que este poemario fue fruto de una honda y dolorosa experiencia muy personal, que marcó el existir de su propia autora.

©Eduargo Gautreau de Windt

Comentarios

  1. ¡Cuanta dicha debe haber en el alma de la poetisa que le hayan dedicado tan profundo análisis!

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