El viaje existencial del Hombre frente a su identidad, su muerte y su destino

José Enrique García

Históricamente la poesía ha sido un medio de comunicación social que, trascendiendo a los tiempos, ha servido para traspasar de generación en generación, oral y escrito, de acuerdo a su momento, relatos personales y colectivos, cargados de sentimentalidad y hermosura. También ha sido instrumento de lucha y de superación, además de registro, para el pensamiento de los pueblos. Pero si hay un común denominador para el uso de la poesía, en todas las culturas y a través de las épocas, es como vehículo universal para expresar las angustias existenciales del hombre. Es decir que, la poesía como un medio de exorcismo del sufrimiento del alma, sola o montada sobre la música, ha sido el medio ideal, a través de la historia, para el humano restañar su yo herido. Ya lo expresé, en versos, durante una tertulia de las que produzco, al contestar la pregunta ¿Qué para qué sirve la poesía?:

Para alivio constante de nuestras desventuras.
Para apaciguar el vendaval del alma.
Para acallar lamentos y restañar el yo
Y luego…
sin tormenta refulgirá quien somos. (Poesía y tormentas).

Es esta, a mi entender la razón primordial e imperecedera por la que la poesía es inherente al humano que sufre, ya que expresa y maneja sentimientos e ideas, envueltos en el simbolismo y en el misterio del que estamos colmados. Por eso, ella, es la sublimización máxima del lenguaje, siendo de todos y cada uno de nosotros, pues ¿quién de nosotros no sufre en un momento dado de su existir? Por tanto, amor, desamor, dolor, muerte, destino, incertidumbres, todo el arsenal que constituye el horror vacui, ancestral y eterno, del hombre, desde el momento mismo que tuvo conciencia de sí, es motivo y razón para la poesía.

El hombre, en su peregrinar sobre la tierra, mientras hace su historia, ha utilizado dos formas primordiales, para expresar su padecer y sus cuestionamientos al arcano, su incomprensión ante los misterios de la vida y la muerte, ante su desconcierto frente a su destino: la “fría y dura” filosofía y la cálida y mullida poesía. Ambas han utilizado, históricamente, los mismos temas y, ambas, han tratado también de darle respuestas al inquiriente humano. Igualmente ambas han sido vehículos para la revelación de verdades de vida (concepto preconizado por el poeta P. J. Gris). Por último, ambas han sido formas de búsqueda de respuestas y alivio a la tormenta interior del alma,  que se diferencian de la religión al estar despojadas de rituales y dogmas y por permitir los cuestionamientos del inferior humano a sus divinidades. Esto ha sido así y seguirá siendo así: filosofía y poesía, poesía y filosofía, de la mano, acompañando al hombre. Claro está, que se diferencian radicalmente en que una se asienta sobre conceptos, utilizando la razón, y la otra, como arte, se asienta sobre la belleza utilizando la intuición. Mas, sobre sus diferencias, ambas provienen del interior del hombre, en particular, del alma o psiquis, y son formas de sabiduría.

En Meditaciones alrededor de una sospecha de José Enrique García, están contenidos los poemas escritos por el autor desde 1968 a 1977. Este poemario, escrito en el estilo sencillo y coloquial, característico del autor, exalta lo cotidiano tachonado con meditaciones existenciales sobre la vida y la muerte, la corporeidad y la incorporeidad, la identidad del hombre y su realidad e irrealidad, su soñar, su estar despierto, como extremos del fiel que rige su existencia; y sobre todo, la fatalidad de su irremediable destino.

Este volumen constituido por 35 poemas de corte narrativo y descriptivo, a la vez, que más parecen proemas divididos en versos,  en la que un yo poético itinerante se encarna en diferentes personajes de voces masculinas, para, emprendiendo un viaje, cantarnos y contarnos sobre sus problemas existenciales, al divagar, monologando profusamente, de manera profunda con su mismo ser. En él, el viento, los puños, las sombras, la muerte, los pasos, el cansancio, el cuerpo, son los principales símbolos de los cuales se auxilia el poeta para construir su poética. El yo poético, masculino e itinerante, va contándonos historias a medida que avanza con sus “pasos” líricos, al pasar de un pueblo a otro, de su pueblo a este pueblo, en fin, avanza por una senda, por un camino, que bien podría ser su propia vida, enfrentando los problemas de la vida cotidiana, pero siempre cuestionándose, cuestionando a su conciencia o cuestionando a la misma vida. Un hombre que está consciente de su destino, pero nunca seguro de la propia pertenencia de su cuerpo, de lo que realmente está viviendo o soñando, de si está vivo o está muerto, o de su propia identidad.
Predomina en este poemario el tono reflexivo de corte psico-filosófico, con metáforas innovadoras y  figuras de repetición a granel que constituyen un lenguaje figurado, llano y sencillo, así como imágenes de gran hondura y significación. Sin aspavientos o grandes e intrincados giros lingüísticos, con un ágil ritmo poético narrativo, en donde la estética reside, además de en las imágenes, en la belleza de los conceptos plasmados y en los profundos cuestionamientos que plantea.
A continuación, nos encontramos con un texto escrito en 1978, cuando el autor rayaba las tres décadas de vida, intitulado: El fabulador.

Como muy bien expresara el gran poeta español Rafael Morales: “El fabulador es, en realidad, un único poema, quizás concebido en su unidad como un poliedro de muchas caras, porque lo que el poeta canta o sueña no es ya sólo su propia vida, sino, a la vez, la de todos los hombres pasados, presentes y futuros, espejo de todos, porque un hombre es y será siempre para el poeta lo singular y plural humano.”

Ahora bien, hurgando en el interior de este poema y sometiéndolo a una disección rigurosa, puedo agregar que: en El fabulador, el yo poético del autor se escinde en tres voces primordiales, en un monólogo yuxtapuesto y confluyente, muy bien ensamblado, de carácter confesional, basado en los recuerdos de un hombre anciano, ya al borde de la vida o al final de su existencia, para abordar el significado del vivir. En este texto el vivir es un viaje, único, irrepetible, inolvidable, hasta que se borra la memoria y sobreviene el olvido, como remedio al sufrimiento por la inminente partida; o para olvidar todo el bien y todo el mal que habremos hecho y evitar la tortura del peso que conlleva ese mismo vivir.

El fabulador como “persona con facilidad para inventar cosas fabulosas o inclinadas a ello” asume la representación universal de todos los hombres, poliédricamente, como estableció, ha mucho tiempo, Morales. Mas como hombre múltiple, lo fabuloso en él no radica en inventar cosas, sino en que al exponernos su vida y, desdoblándose, analizarla de manera crítica y reflexiva, nos refleja a cada cual como un espejo irrepetible e infinito. Esto lo logra el yo poético de García por su magnífica cualidad de su otredad, (f. Fil.  Condición de ser otro), también conocida y estudiada como alteridad (Del lat. alterĭtas, -ātis). Por eso canta el mismo poeta:

Qué paraíso estuvo a la espera de mi vasto descanso de hombre múltiple;

y más adelante agrega:

y en el silencio se reunieron las voces
en el silencio las voces
y después un sordo eco
y silencio. 

Es precisamente en el hondo silencio del análisis de “El Fabulador” que yo identifico claramente las tres voces que se reúnen en esta obra, de estructura teatral:

1.            Una primera voz, directa, carnal y personal del anciano, maduro, experimentado, que cuenta la historia de su vida en el presente, evocando el pasado.

2.            Una segunda voz, impersonal o apersonal, atemporal y omnisciente; que usa un tono analítico, psico-filosófico. Que bien podría asumirse que es la voz de la conciencia o de un ser superior y externo al anciano. Poéticamente se contrapone a la llaneza de la primera en su lirismo al expresarse.

3.            Y una tercera voz, “plúrica”, más que plural, itinerante y camaleónica. Que vuelve del pasado, evolucionando en el trascurso de la misma obra, siendo infantil, juvenil, adulta joven, hasta alcanzar la madurez, acercándose, cada vez más,  a la primera voz, casi fundiéndose con ella. En esta predominan la melancolía y las añoranzas por el pasado, y que a veces se torna presente por instantes, con la particularidad que puede dialogar con sus demás vertientes, rompiendo las barreras temporales, es decir, interactuar la infantil con la madura. Esto aumenta la multivocidad de toda la obra y proporciona una novedosa intertextualidad vocal única.

En el transcurso de la obra, o mejor aún en el devenir de su vida, el “protagonista” se preocupa en extremo por el destino del hombre, o sea su destino y el de los demás, por su alteridad universal, (al igual que el yo poético de García en la obra anterior) sobreviniéndole   una gran crisis existencial. El momento poético-teatral,  es representado por un caligrama: Un torbellino de frases en espiral, que de manera gráfica nos aumenta el simbolismo representativo, en forma plástica, de la angustia vivencial –caos– del momento, con la consecuente caída en pendiente   p r e c i p i t á n d o s e  al fondo para luego recuperarse, y ya sosegado proseguir el relato. Dicha crisis precisamente es padecida, en conjunto, por la 1era y la 3era voz, pues son humanas; debiendo recordar que la 2da es de naturaleza distinta a aquellas. Este momento es para mí el momento cumbre de la obra, en lo teatral y lo narrativo; es el nudo con su resolución posterior.

 “Una gota de agua
en otra gota. Una gota de agua
en otra gota. Una gota de agua
en otra gota”

En el cenit de la crisis, en el succionante remolino, las voces, al unísono repiten desquiciadas por la angustia, la frase que resume la soledad, el perpetuo horror vacui del hombre:

Y encontré la lluvia solamente
la lluvia que caía de los tejados
de las hojas
del tronco de las nubes.     Ni un perro callejero
ni un paraguas llevado de una mano
ni una persona/ ni una ventana abierta
sólo la lluvia persistente en su caída
contemplándome
contemplándola (:)   una gota de agua
en otra gota.

Luego de finalizada la crisis se produce un acercamiento de la tercera voz hacia la primera, como consecuencia del proceso de madurez y el crecimiento de la última, para terminar casi unificadas, al final de la obra.

Otro aspecto destacar es la preocupación, del yo poético de García, a través de la primera voz, por la dualidad eterna que sostiene el existir del hombre: placer y razón. Esta dualidad, al yo identificarla, la esquematizo de la manera siguiente:

Placer ↔ Razón

El poeta lo expresa, líricamente, de la siguiente manera:

De qué se aferró el primer hombre
sino del vacío que guardaban dos labios
los labios de la compañera,
del engaño y encanto de una carne temblando en lujuria
aún no sentida.

Para más adelante expresar:

Y el hombre aprendió que después del instante
supremo de dos cuerpos sólo queda el vacío,
 el más hondo vacío que existe sobre el mundo:
una desgracia  nació con el primer beso
que sólo borra el último beso
que un día habrán de darse dos amantes
en un lugar impreciso del mundo.

En contraposición, mucho más adelante, expresa:

Pero después de todo que importan las construcciones las destrucciones las ciudades las palabras los libros los metales las aguas y las plantas. Que importan estas inconscientes materias si al mundo lo levantó un hombre con sólo sus dos manos y cuando éstas envejezcan endurezcan fatíguense de golpe caerá el reunido y levantando polvo sobre el páramo primario y entonces la quietud el reposo el perpetuo olvido de hombre y todo crece y decrece y entonces habrá de precisar de otro hombre.

Y ya para finalizar el análisis de este texto, sólo voy a transcribir dos porciones, que por significativas creo justo transcribirlas. La primera reza:

el naufragio del agua
la luz
la sombra
y de la sangre
sostiene y justifica la esencia primaria
de la vida. Y la segunda, con la que termina el fabulador:
Todo falso perfecto engaño
nada se puede testimoniar sino el vacío
el infinito vacío que hicimos perpetuo
en los actos que engendramos en nuestros propios músculos
y palabras
y en la hora en el instante en el siglo
en procura del verdadero mundo que soñamos.

En la primera, el autor reivindica o justifica todo el sufrimiento padecido por el hombre en pro de la experiencia vivencial; más en la segunda, nos ratifica, que en el fabulador, como en tantos otros hombres, persiste y predomina, por encima de todo, el horror vacuo, la incertidumbre los temores que persigue al hombre, desde que tiene conciencia de sí, hasta que la pierde por el olvido, la vejez o la muerte.

En 1982, José Enrique García publica su tercera obra Ritual del Tiempo y Los Espacios, que al igual que la anterior es de estructura teatral, armada de monólogos ensamblados con muy poca comunicación interna. A través de ella narra el drama de amor y desamor de una pareja (un él y un ella) en el proceso de desconstrucción de una relación de vida. Texto polimórfico, en el que los parlamentos están hechos por poemas, en versos blancos y arrítmicos agrupados en estrofas dispares, y proemas, de corto lirismo, escritos en un lenguaje sencillo y llano, con tono melancólico, intensamente melancólico. Expresa las angustias existenciales preferidas del autor, verbigracia: la muerte, la inmortalidad del alma y el destino. El simbolismo poético descansa en términos como mar, la casa, las aguas, los pájaros, el polvo, el sol. Este último, es equiparado al padre Dios, pues, en el poema Destino de la carne, con epígrafe de Manuel rueda, el hecho poético masculino que canta durante todo este poemario, lo invoca como:
y por fin sol

Padre nuestro de cada día
en estos lados
que has hecho
del polvo que ya era
del doble polvo tendido
del centro inevitable del hombre y sus contornos
epidermis.

Similar al anterior, en este texto también encontramos una tercera voz, ligeramente impersonal y omnisciente, que la identifico como la voz del narratario, actuando como voz en off. Dicha voz, luego de intervenir en Poderío de la noche, cierra con Huellas una primera parte del poemario, marcada por un giro interno en el desarrollo del mismo. Y a poco de adentrarnos en esta segunda parte, nos topamos con los poemas Este es el mar y Aquí se vive de las manos, en el que por primera vez los personajes realizan diálogo con respuestas, es decir ella se dirige a él, utilizando el simbolismo del mar (profundo, atemorizante, impetuoso):

El mar, tu mar,
estuvo en estos ojos
que en lágrimas huyeron por los cuerpos
hasta caer al polvo. El mar, el que en las noches
arrancaste del pecho,
cuelga del corazón y las palabras. El mar, tu mar,
es esta casa donde se naufraga
en sangre, en lágrimas
en besos y en palabras.
A continuación él le contesta a ella:
Aquí se vive del poder que emanan de las manos,
con ellas encendemos el fuego cada día,

…y continúa contándonos, en versos, la forma sencilla y diáfana de su vivir.

Debo destacar el carácter surrealista y onírico del relato La realidad del sueño, hecho en prosa, en el que se narra un diluvio común y la narración dividida en versos y por estrofas, titulada Los pájaros del sur, que sigue a continuación del primero, en el cual se narra una lluvia de excrementos como diluvio surrealista, que nos recuerda, tanto por su título como por lo narrado a Los pájaros, la película de Hitchcock. También, el hecho de que el autor, para finalizar, en el poema “Un hombre se busca entre los otros” retoma el tema de la otredad, para constituir un hombre universal, que contenga en uno solo a todos los demás.

Es evidente entonces, que estos dos últimos textos tienen el mismo carácter teatral, una misma estructura interna constituida por voces, con una voz omnisciente que interviene oportunamente, y tratan los mismos temas existenciales del humano. En ambos, el yo poético de García, nos canta sus incertidumbres, sus dudas, sus temores ante la vida y la muerte, y ante el irremediable y fatal destino final del hombre.

El cuarto texto, de toda la obra poética del autor, Cuando la miraba pasar, publicado en 1987, está constituido por 37 disímiles poemas, escritos en versos blancos, algunos monostróficos,   en los que predominan la cortedad y brevedad de los textos. Esta obra de carácter muy personal, está regida por el yo del autor. Desde su título: Cuando la miraba pasar, en el que lo tácito del pronombre (yo) no enmascara la acción personal y directa, y nos delata o nos indica lo testimonial, lo confesional, al evocarnos un vivir que está implícito claramente desde el inicio del poemario, en el corto poema 1948, año del nacimiento del autor.

Cuando la miraba pasar, está construido en el mismo estilo característico del autor, de palabras sencillas y llanas, sin grandes giros lingüísticos o metáforas rimbombantes, pero con imágenes dulces que hacen agradable y acertado el lirismo de la obra. En el poema Pausa, encontramos el motivo que le da su nombre al volumen:

Descálzate el camino
deja que la distancia no sea prisa en los ojos.
La noche empieza en el viento
que mueve aquellos árboles
y pronto no habrá certeza de pasos
ni mirar.
Entra a la casa
toma asiento, de la serena agua,
el espacio que precisa la llama
que salta de los leños.
Levantemos la mesa junto al fuego
después dejemos que los cuerpos se enciendan
en sus limpias desnudeces.
Y mañana cuando sea la luz, volverás al viento y al camino
con huellas de mi cuerpo

En este poemario, diferente a los demás, encuentro un sutil erotismo matizado de una gran ternura evocativa, en el que el yo poético le canta a la mujer, como objetivo y objeto de amor y de placer. Y esa mujer no es una, son muchas, o de otro modo es una con todo el poder de la otredad, por eso es Helena, María Antonia, la novia de la infancia, la gitana o la mujer del puerto todavía sucia del amor maldiciendo las distancias. Con gran vuelo poético, por su alto lirismo, este poemario es una evocación de todos los amores por una mujer en la vida de cualquier hombre, incluyendo su madre. Amores, blancos, rosados o rojos, de pasión encarnada; puros y eternos, instantáneos y pasajeros, ganados o comprados, que importa, es amor, amor es... que alivia el corazón de un hombre, para siempre o sólo en un pasar.
En 1994 el prolífico poeta nos regala Huellas de la memoria, un poemario constituido por dos largos poemas, el que le da título al volumen y Estancias del viento. El primero es una composición única dividida en poemas numerados del 1 al 27, con las características de versos blancos y libres, distribuidos en estrofas de diferentes extensiones, con los que se relatan las hazañas marítimas, a través de un viaje del yo poético del autor. A la manera de un argonauta, a lo largo de 30 páginas, este narra sus vivencias al rememorar su fantástico viaje, en su juventud, por mares y tierras de ensueños. El viaje de su vida; el viaje de una vida.

La segunda parte, Estancias del viento, en XXX cortos poemas nos narra, con hermosura y sutileza, la bella historia de la vida de una mujer, desde que nace hasta una edad incierta, en la adultez de su existencia. Aborda sus peripecias y juegos de la infancia, el descubrir de su cuerpo y su apertura al deseo, al placer, al amor, al dolor y al abandono. Nos habla de la misma mujer que espalda al viento corría por los campos iniciales celebrando los ritos inevitables.  La muchacha que amaba el mar.
En Recodo, última obra, publicada en el año 2000, encontramos cinco pequeñas obras, cada una con su nombre e identidad propia: Fragmentaciones, Sitio de estar, Babel, Rictus, Cercanías y Un tríptico.
Fragmentaciones es un poema de mediana extensión, dividido en ocho partes, seis monostróficas, y todas de versos libres y blancos y de ritmo variante; cuya temática parece ser la condensación del génesis bíblico hasta el apocalipsis. Es decir, trata, escuetamente, desde el origen virginal del mundo hasta el caos posmoderno que impera en la actualidad. Raro es no encontrar el fatalismo acostumbrado en la visión de futuro y del destino del yo poético de García. Este canto, de corto vuelo lírico, parece ser un rellamado, continuo, sin fragmentaciones, a la conciencia misma de la humanidad. Dicho discurso se continúa en Sitio de estar, refiriéndose a la tierra como hogar del hombre, y que termina con el poema Creación, el cual, de manera cíclica, nos retrotrae de nuevo al génesis. Podríamos decir que ambos poemas, cierran un círculo lírico: inicio, desarrollo, final y nuevo inicio. El ciclo interminable de toda la naturaleza, en donde nada se pierde y todo se transforma para un nuevo comienzo.

Lo que completa el poemario y los Diversos poemas “sueltos” que completan este volumen antológico siguen los mismos lineamientos de toda la poética de García. Bardo que aprovecha el verso para plantearnos interrogantes y disquisiciones sobre el viaje existencial del Hombre, frente a su Identidad, su muerte y su destino.

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