El sagrado Salar Poético de Ángel Rivera Juliao, o memoria del dolor
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| Ángel Rivera Juliao |
necesario huerto donde el canto nace;
surco entreabierto
donde es la lágrima semilla
y flor el desvarío.
¿Qué hubiera sido de mi voz
sin esta arpa de latidos?
El dolor como fuego purifica.
ARJ
Al acercarnos a las riveras de la poesía interiorista encontramos a un poeta muy representativo de los lineamientos luminosos de nuestro movimiento, a quien podríamos catalogar, como él mismo intituló su obra prima, un “Ángel de Luz”. Así es, pues como ya he expresado en otras ocasiones el Interiorismo es luz, es poética transparente y luminosa, que preconiza por un quehacer literario que procura la belleza y el sentido, en base a lo mejor que existe en el interior de cada ser humano por medio de la empatía y conexión con los demás elementos del Universo como lo estableció claramente su fundador. Y es precisamente eso lo que encontramos en las obras de Ángel Rivera Juliao, con su simbología asentada en: la luz, la palabra y los elementos de la naturaleza, con los que el sujeto lírico interactúa, escuchándolos, principalmente durante el silencio, y encontrando al Creador detrás de cada una de las manifestaciones de estos. Y de la luz, su principal símbolo lo es la lámpara, pues como dicen las Sagradas Escrituras, lámpara es a mis pies tu palabra, y en este, la luz, la palabra y la lámpara se unifican para iluminarnos por medio de la poesía. Es que “LUX ET VERITAS POESIS EST”, como ya declaré en mi poemario Susurros de la Lux.
De estilo muy personal, autobiográfico, a veces, y de confesión, utiliza todo el dolor padecido en su niñez inacabada y su sufrida juventud primera como argamasa para elaborar su mundo lírico, de alta espiritualidad y sutileza. Es que a Ángel, como todo buen poeta, la poesía le surge del dolor, de sus vivencias y vacíos; por eso vierte su incompletud por la orfandad, la pérdida del paraíso infantil (su casa y pueblo natal), su abandono como hijo, sublimizando todo de manera poética; tornando así su padecer existencial en luz, en lirismo que ronda la rivera de lo místico.
En su segunda obra: “Memorias de la Sal”, el yo poético de este luminoso bardo, nos entrega un poema único de muy largo aliento, dividido en dos cantos y elaborado en pseudo-versos blancos, luminosos, divididos en estrofas, ya que al adentrarnos en el texto nos percatamos, por su sintaxis, conformación y estructura, que en realidad es prosa, poética por su fluidez y ritmo; una fina prosa poética que le da forma a un magnífico lamento, surgido de un monólogo interior o, como mejor le place a él decir, una introspección, de honda connotación espiritual, inmensa ternura, basado en un viacrucis evocativo y melancólico motivado por una vivencia autentica de su juventud.
En dicha obra, bajo el simbolismo de la sal, utilizado de manera doble: el simbolismo telúrico, su pueblo, Montecristi, en donde se amontona la sal en sus orillas, proveniente del mar, sustento y gracia de todos; y el simbolismo del sufrimiento, de su pasión infanto-juvenil espiritual, que le marcó como ser terrenal y poético, se conceptualizan dos planos. El primero es el de la cotidianidad, en el que se evoca la pérdida de la unión entre los amigos, la dolorosa y desagradable condición de extraño al regreso, la muerte del entrañable compañero, el desamparo paterno y su necesidad de Poesía, así con mayúscula, pues es mayúscula su necesidad; esta es su refugio y consuelo y su interlocutora, a quien personaliza cual mujer amada, con sutiles visos de erotismo. El segundo de carácter espiritual, es más personal y obligadamente más profundo. Aquí es por donde el ser canaliza todo sus dolores, sus temores, sus múltiples interrogantes, sus increpaciones y, por último sus complacencias; se desnuda, exponiendo todas sus sombras y luces existenciales, desde sus orígenes humanos hasta su final redención poética, aceptando su sino, su misión, a través de la poesía.
El otro símbolo que sirve como fondo e hilo conductor de toda la tragedia de esa noche es la lluvia. Mas que lluvia un llanto, a veces muy profuso
Oh Dios
mira la lluvia desgranarse
sobre los lirios
agujereando su blancor
con su taladro infinito
deshaciendo el día
en la terquedad de las horas.
...en otras muy leve
El rocío es la muerte lenta de la noche
mas, la lluvia es el suicidio....
...que continúa acompaña al poeta en todo su lamento, completando la atmósfera de nostalgia, dolor y melancolía; es más parecería que la lluvia misma se solidariza con el ánima sufriente que canta.
A lo largo de todo el poemario hay un proceso continuo de cuestionamientos y reafirmación de un yo poético que se analiza, huyendo, en su dolor y su historia, a sí mismo, pretendiendo desesperadamente el olvido, para no continuar en su padecimiento y al alcanzarlo desea la muerte, como escape y postrero refugio. Mas, como Job, superado el viacrucis, se encuentra con Dios y consigo mismo, conociéndose, y entendiendo el porqué de toda su “pasión”.
No obstante de que la sal simboliza, como siempre, el dolor, las heridas, lo desagradable, aquí no tienen significado maligno, oscuro, misterioso, sino que es por la brillante albura de la sal que se alcanza la superación del yo que sufre, es pues la sal elemento contentivo de una alto significado espiritual. Me recuerda nueva vez la connotación cristiana: Vosotros soy la sal de la tierra (J. C.) o una más profunda, Tú (Señor) eres la sal y la interrogante de Jesús a sus discípulos ¿Y si faltase la sal, cómo se haría?
Adicionalmente resulta novedosa la utilización de la Sal como depositaria de una memoria insondable. Memoria de su pueblo, Montecristi, memoria de su yo personal, el ser humano forjado de vivencias apacibles y dulces:
Yo vivía solo y tranquilo
en mi casa de luz.
Asomado al borde de los sueño
construía bajeles de espumas.
para conjurar el naufragio.
Tenía una paloma blanca entre las manos…
… porque yo era el aire debajo de sus alas.
Y, por último es la sal memoria de su padecimiento.
Yo no tengo la memoria de la sal
árbol de radiante blancura
y origen
diamante de la vida
cal de mis huesos.
Pero una memoria que no se diluye como la propia sal. Contrario al uso convencional de que lo que es de sal no perdura, fácil se diluye, el salobre dolor, como las lágrimas, es una expiación constante, enclavada en el alma del ayer niño-adolescente que perdura en la sal de los huesos del hombre, ya poeta, que canta su tragedia por medio de su incomprendida y sucesiva desgracia.
Por qué yo?
te pregunto y me pregunto
oh destino,
encaneciendo las palabras
en la ancianidad de mis reclamos.
No debo de finalizar sin agotar lo relativo a la forma total del poema-poemario, que más que eso, lo visualizo como un monólogo en prosa poética, por su manera escritural directa de un yo poético que canta, desahogándose, logrando la catarsis de sus conflictos por medio de las palabras; por su hondura en significado y por su mensaje, que nos transmite una historia “épica” interior y personal, que soporta ser montada por su carácter teatral. Adentro de sus dos cantos identifico sus varias partes, con pausas de distintas duraciones, y a la que es plausible colocarle música, para completar su puesta en escena.
©Eduardo Gautreau


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