El grito existencial de un aeda desde la fría estación del barro a la fría estación del Padre
![]() |
| Valentín Amaro |
La poesía,
cuyo material es el lenguaje,
es quizás la más humana y menos mundana de las artes,
aquella en el que el producto final es más cercano a la idea que la inspiró.
HANNAH ARENDT
“Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne. Y
vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros
ancianos soñarán sueños” (Hechos 2:17)
El peso de esta frase, dicha por una filosofa y poeta alemana, nos servirá de epígrafe y base para adentrarnos en el universo poético de Valentín Amaro y adicionalmente el versículo plasmado, como segundo epígrafe, de manera particular para el abordaje y análisis de sus obras.
Entre las sublimes facultades que le fueron permitidas al humano está el crear con la palabra y, en especial, el labrar con las palabras poesía es uno de los más altos dones del espíritu humano. Desde antaño la labor del poeta ha sido la de ser portavoz alado de verdades poéticas que le son reveladas o dictadas o a las que accede por contemplación, gracias a su afinada intuición o a su gran capacidad de descifrar los enigmáticos mensajes de las personas, cosas y fenómenos existentes. De ahí que muchos poetas hayan sido canales o voceros para que lleguen a los pueblos el decir de entes superiores en beneficio de nuestras almas. Verbigracia la poesía mística es un canal indiscutible de revelaciones de grandes verdades para la humanidad. Ahora bien, una manera de recibir dichos mensajes es por medio de visiones o de voces. No son pocos los poetas, aun en la actualidad, que confiesan que sus poemas le son dictados por una voz ajena a él. Cierto es que la otra manera, la visión, ha sido poco esgrimida por los poetas y es más usual en los campos de la mística, la teología y el ocultismo. Pero, dado que los poetas piensan en imágenes y plasman en imágenes poéticas sus intuiciones y/o revelaciones, ¿por qué no le llamamos visiones a sus revelaciones? ¿Por qué guardamos el término exclusivamente para los profetas?
Recurriendo a textos que tratan sobre esto, transcribimos del Nuevo Diccionario de la Biblia: Profeta: La palabra hebrea es nabhí, que proviene de una raíz que significa llamado (o ser llamado). Los otros son ra´ah y hazah, ambos relacionados con la idea de “ver” y traducidos al castellano como “vidente”. El profeta ha sido llamado o designado por Dios para transmitir Su palabra y el mensaje divino llega al profeta de muy distintos modos: puede ser en una visión, como en Ezequiel; a través de voces (Jer. 1:11) o en sueños (Dan. 7:1). El concepto de "visión" debe ser entendido como "percepción sensible", y no implica necesariamente una "imagen visual". Lo que determina el método de recepción del mensaje parece depender del profeta y no de Dios: tal vez sus cualidades naturales o su temperamento personal.
El lenguaje profético es simbólico (como el de la poesía). La profecía es mostrada y transmitida mediante símbolos o imágenes (símbolos visuales o imágenes simbólicas) (en la poesía “imágenes poéticas”), que exigen una trabajosa interpretación. La dificultad del análisis de los símbolos para traducirlos en conceptos inteligibles supone un escollo adicional que solo los hombres justos están en capacidad de sortear. (Para la poesía esa labor la realiza el lector sagaz o el crítico avezado.)
Mas, ya que una de acepciones de profeta es “vidente” (persona a la que Dios permite discernir Su Voluntad; la que tiene tal percepción; persona a la que se le ha dado el don de la clarividencia para ver o entender lo que no está al alcance de los demás en general) y que el DRAE consigna: vidente. - (Del ant. part. act. de ver; lat. videns, -entis) 2. com. Persona que pretende adivinar el porvenir o esclarecer lo que está oculto. 3. com. Persona que tiene visiones sobrenaturales o que están fuera de lo que se considera común; y establecida la comparación entre profetas y poetas (en el párrafo anterior) podemos proseguir, atrevidamente, a plantear cómo un poeta puede ser también un vidente, al tener la facultad de revelarnos verdades poéticas absolutas (como verdades de vida, como dice Pedro José Gris) que esclarecen a los demás lo oculto de las cosas, las personas y/o los fenómenos del Universo, por medio de la poesía. Esto, que se da en los grandes bardos, nos permite acercar la figura del poeta a la del profeta.
En sus obras “En el temblor de las Visiones” y “En la fría estación” el poeta Valentín Amaro se nos auto presenta como un vidente que además escribe por mandato y que sus mensajes son palabras dictadas. El yo poético de este aeda asume con temblor su sino para revelarnos dos poemarios, con hondo significado y gran gracia estética, de corte protomístico, sustentados en una búsqueda personal (el primero) y en una intercesión por el hombre ante el Señor (el segundo), pero, a pesar de sus diferencias en la forma y su temática, ambos unidos por vasos comunicantes, en su simbolismo y hasta en imágenes poéticas (el ángel desterrado, el llamado, los hombrecillos, Gele Gil, etc.), que permiten reconocer que tienen una misma fuente y una misma línea de mensajes. Con un estilo muy a lo personal y en tono melancólico y apesadumbrado el yo poético transita desnudo e insomne, cual noctámbulo caminante, danzando a veces, por el crisol de su cotidianidad, con el agobio y el temor que le produce su llamado, su destino de vidente, su deber de escribiente, al punto que se siente un ángel desterrado y lanza su grito de aeda, con sus grises ojeras y su temblantes manos. Pero, en esta búsqueda de su identidad no rehúye a sus deberes y remonta hacia lo alto, a la fría estación del Padre para interceder por los demás humanos.
Con versos libres de arte menor, por la corta métrica, divididos en estrofas construye Amaro poemas de corto y mediano aliento, por su extensión, en la obra “En el temblor de las Visiones” y un poema único, de muy muy largo aliento (XXVII estrofas), como “En la fría Estación”. Ambos tachonados de imágenes líricas agradables, por la belleza y la profundidad en su decir:
Verdinegra, alborotada, ansiosa la noche
Desnudo, soy otro Adán
en las cenizas buscándome
Beso de luna. Fría la noche
y tristes partos de un raro dios sin nombre
lengua de polvo de un vidente errante
en el siniestro exilio de su canto
primero
Ya un azar de lluvias
terminó su vuelo
el deambular agreste
su acoso innumerable
cuando día a día desgrana
su burda eternidad de sombra y barro
Afuera mientras llueve
hay un ángel gritando...
... y la casa, otra vez vuelve a ser ese rumor de ausencias
memoria y olvido
canción aprendida y desdeñada
gaviota que ya no vuela más sobre el mar anchurosa la noche
no asimila la nada
Es que la lírica protomística de Valentín Amaro es un derroche de espiritualidad y concienzudas reflexiones sobre la existencia humana. El poeta toma como excusa sus temores, sus afanes, sus frustraciones y sus sublimizadas incertidumbres como un Cristo para mostrarnos las de todos los hombres. Lo hace, temeroso, desvalido, minimizado pero consciente de su rol por su llamado, por su eterna e insoslayable condición de vidente, desde su temprana infancia. Y a pesar de su inmensa carga de ser hombre, acepta, como Jeremías, con todos sus temores a cuestas, su triste sortilegio y dice aquí,
Señor!
esperándote
un millón de preguntas
en los bolsillos
y las sombras de las dudas
a cuestas. Aunque luego interrogue al Creador: Señor, ¿Y estas interrogantes rotas
temblando
en mis labios?
Mediante el análisis de la primera obra identifico las 15 visiones que apesadumbran al poeta, y que son las causantes de su temblor, en el proceso de la búsqueda de su propia identidad:
¿Quién soy sino un vidente invadido de alas verdes?
un triste sortilegio del tiempo
cuerpo atrapado de un fantasma
y un bufón olvidado
en el tedio
del azar.
Pero además es el ángel desterrado del cielo, que más adelante (En la Fría estación) grita afuera desconsolado.
1era. Visión: En el poema 18 de agosto:
Y los ojos de mi andar funesto
y el sueño cargado de noches
con imágenes de fantasmas
abriéndose como lagartos
¿Y estos duendecillos bailando en mi
espalda?
2da. Visión: En el poema Adán:
Desnudo, soy otro Adán
en las cenizas buscándome
3era. Visión: En el poema Grises:
y ensartados en su urdimbre
los tristes hombrecillos/ se levantan
4ta. Visión: En el poema Destierro:
Desplomándose
un ángel
5ta. Visión: En el poema Grito del Aeda:
un aeda desvistiéndose de sus máscaras
6ta. Visión: En el poema Insomnio del escriba:
…un hombre traspasa el
umbral
poniendo su voz de nadie en mi hombro
7ma. Visión: En el poema En mis sueños:
Una multitud
se derrama en mi cuerpo
8va. Visión: En el poema Desde esta casa:
los vuelos de Isabel entre los árboles
9na. Visión: En el poema Desde esta casa:
viendo a mi abuelo danzar ante su
muerte
10ma. Visión:
El poema Hombre danzando en lo oscuro
11va. Visión: En el poema Árido:
un triste cantar
de pájaros azules
12va. Visión: En el poema Árido:
Luego,
sale de su cuerpo
se mira, ríe
de sus lagartos en la garganta
13va. Visión: En el poema En las garras del tedio:
Un niño muerto
hace cien años
corretea en el pasillo
14va. Visión: En el poema en el temblor de las visiones:
Danzando en derredor
un hombre, preciso corta el trigo
15va. Las múltiples Visiones: En el poema Nocturno de Santo Domingo…
En su obra poética Amaro torna en misterio su cotidianidad y echándole mano a su diario vivir, su día a día, nos lo presenta como argamasa de la narración de escenas que conforman el monólogo “En la fría estación”. Para ello su yo poético lanza su grito personal, familiar, humano, por él mismo y por los demás, quienes también están atrapados en la soledad, la tristeza, el desamparo de esta vida posmoderna de tardes baldías y sueños truncos. Por eso la voz del poeta asume la voz universal (la de los hombres, la de los otros) y usando la segunda personal en singular se desdobla transfiriendo a “otro” su sentir y se dirige al hombre. Así logra un toque impersonal y de misterio, de distancia a todo lo que declara.
Todo escritor es, en cierto modo, un inconforme (con la vida, el status quo, el devenir y el destino) y por eso escribe; y al hacerlo, también del mismo modo, asume la condición de hablar por sí y por lo demás. En esta obra el poeta, no solo lo hace sino que va más allá e intercede por los demás al acceder a la fría estación del Padre. Por eso, desde la fría estación del barro (de la carne, de la comodidad del cieno, desde lo terrenal de la condición humana) describe como nosotros malvivimos inmersos en la fría estación del miedo con el inmenso horror vacui que nos devora. A manera de oración de intercesión, contándole al Señor, hace un llamado a la consciencia humana sobre los demonios que le dominan (Y otra vez el hombre vuelve a Gadara allí le esperan los cerdos, los hemisferios verdes, la sequedad, el insomnio, la huida.) y el porqué de su desolación, su tedio, su vacío… y se lamenta, diciéndole al hombre: sigues siendo apenas el hombre gris que desanda y desaprende. Simple, agrio a veces, no te duele decirlo, eres esa mano que detalla en furia los dedos de otra mano, isla plena de piedras agrietadas, marasmo sórdido en la muchedumbre agonizante. Dispar. Solitario.
En fin, “En la fría estación” es un grito y reclamo existencial por y al hombre por esta enorme desolación que le acongoja, en la que el alma (como casa vacía) está falta de todo. Y en el poema se plantea claramente la solución a este horrible vacío:
(XXVII)
Y sí, Señor
hoy te vio descender en una lágrima
mientras los hombres dormían la siesta.
Vino luego un batir de alas
y no paró el llamado de oscuros sollozos
Ahí estabas, Padre,
inescrutable.
Entonces vio tus ojos en sus ojos
y fue más alto el grito,
era la carga heredada de siglos
—turbio misterio de irredentas presencias—
No hubo palabra
sólo tu mano aferrada a su frente
y así durmió
volviendo luego a la vida
Finalmente “En la fría estación”, grito existencial del aeda Valentín Amaro a través de su yo poético, distingo claramente cuatro estaciones: La fría estación del Padre, la fría estación del barro, la fría estación del miedo y la tácita, pero evidente, estación de la pesadumbre. Esta composición poética tiene además una estructura circular: inicia con el llamado a Dios (en su estación) y culmina con el reencuentro de Dios y el hombre, al descender el Señor a la fría y desolada estación del barro, acudiendo al llamado del poeta para asistir al hombre en su estación de miedo y pesadumbre.
©Eduardo Gautreau


Gracias, Eduardo por estas palabras. Me estimula mucho esta valoración que haces de mi poesía.
ResponderEliminarAbrazos,