El esquizo y exquisito estilo poético de un vanguardista inventor de palabras

Adrian Javier

Cada época tiene sus características propias que la distinguen de las anteriores, positiva y negativamente, para bien o para mal. Actualmente vivimos en la época posmoderna, caracterizada por el inmediatismo, la deshumanización en las costumbres y las ideas del hombre, la practicidad y el relativismo, que campan a sus anchas moldeando y decidiendo el pensar, el decir y el accionar del ciudadano de hoy. Estamos inmersos en una sociedad escasa de ideas, atiborrada de bienes materiales, que pretende todo ahora y a costa de lo que sea. El prêt-à-porter, el listo para llevar, el consumir ahora en todos los ámbitos de la vida humana. Con culto al cuerpo, a la belleza material, a la compra estética para una apariencia externa cercana a la perfección. Una sociedad que no guarda las apariencias en el buen decir y hacer, pero que vive, constantemente, en derroches en pro de las imágenes. Lo que se ve y lo que se toca es lo que se aprecia.
Por otro lado, en esta época, positivamente, todos tienen más o menos el mismo derecho de expresarse. Los grupos minoritarios o excluidos anteriormente son tratados casi de igual manera, al exponer su discurso al resto la sociedad. En realidad esta es más abierta y menos rígida, más tolerante, pero a la vez más ambigua y desinteresada.
Como el arte es producto de la sociedad, responde a los lineamientos que se dicten para su creación.  El arte posmoderno, acorde a esto, se caracteriza por la intertextualidad y la exposición de todo cuanto impacte, sin importar como se logre. En él hay predominio de la imagen sobre los textos; no importa lo que se diga si no como se diga. No atesora las ideas, ni los conceptos, pero si lo que se logre con ellos. Busca la conmoción, la impresión, la sensación, en vez de agradar. No es la belleza su principal objetivo, sino el impacto que cause la obra en sí, para considerarse una gran obra. Este arte, a veces extremo, como todos los productos de la época es efímero, es fugaz, ya que es producido en masa, de manera espontánea y, a veces descuidada, y será rápidamente sustituido por otras tendencias, orientaciones o discursos, que en lo “inmediato” la relevarán, como consecuencia del empuje del mercado.
De esta vorágine posmoderna no escapa la literatura y menos la poesía. Por eso cuando indagamos sobre las características de ella, en textos y en la Internet, esto es lo que conseguimos: “La introversión y la intimidad, la motivación psicológica influye en el poeta para que este se vuelque hacia su interior (exorcizando su yo). Abandono de la rima, lenguaje y temas vulgares, Abundan los temas de la basura y la suciedad humana.”
La poesía, como forma especial del lenguaje, siempre ha sido una forma enaltecida y simbólica del buen decir. Un misterio. Un velo de palabras entretejidas y dispuestas para, con belleza, decir las cosas de una manera especial. En palabras de nuestro León David “celaje, vapor y bruma”.  Ella, cuando se acerca a lo común, a lo cotidiano u ordinario, lo envuelve en hermosura y lo canta de una manera distinta. La alta poesía jamás expondrá un tema sin transformarlo. Pero en su afán de causar conmoción, los poetas posmodernos han abandonado el esteticismo por “la belleza” de decirlo todo. La libertad del creador es absoluta, sacando de sí su mayor intimidad e inspirándose en todo lo que configura su cotidianidad pero sin enaltecerla, es decir: el poeta posmoderno todo lo dice a “lo llano”, llegando a un decir crudo, duro, desnudo y hasta grosero. No persigue el velo del misterio poético, si no la crudeza de lo que le impacta. Prefiere causar conmoción en vez de agrado, para que esta conmoción conlleve a un pensar, a un inquirir, de manera profunda, o, en cambio, todo lo que dice, lo hace por un simple objetivo lúdico, el de su libertad de decir lo que piensa y siente, pero planteado en la manera que le “venga en ganas” y  a veces, en la poesía, como en tantas cosas de la vida, el gran mensaje está en lo que no se dice y se deja a exprofeso a la imaginación de los demás.


La poética vanguardista de Adrián Javier incita al profundo pensar con un decir avasallante, profundo, inquiriente e inquietante y, a veces absurdo. En su poemario “El Oscuro Rito de la Luz”, con sus versos a retazos, propios del “uso deliberado e insistente de la intertextualidad, expresada frecuentemente mediante el collage o pastiche” característico del estilo posmoderno, irrumpe con las palabras al lenguaje, a la razón y al status quo de las imágenes poéticas, avasallando a la belleza, pegándola contra la pared, para crear su estética. Maldice, contradice, inquiere y blasfema, para sacudir la conciencia del lector, llevándolo a su mundo e impregnándolo de su mensaje. A veces ametralla con sus interrogantes, lógicas o ilógicas, no importa, pero que plasman en versos sus múltiples inquietudes y dudas a modo lírico colmado de gran ritmicidad. En sus abundantes epígrafes hace galas de su amplio conocimiento de poetas y clásicos, más contraviene a todos y a todo para su intrincado decir. Precisamente me llama la atención la curiosa, intrincada y difícil relación entre los poemas y sus epígrafes correspondientes.


El, a veces, acre estilo de Javier reta a la razón, a la cordura y al buen decir, como buen poeta del posmoderno tardío, sin importarle que raye en lo vulgar para preguntarnos: ¿Qué nos quiere decir? ¿Cuáles es su metamensaje? ¿Qué nos plasma entre líneas? ¿Cuáles enigmas recónditos hay dispersos entre sus versos? La belleza, de este gran creador, podría estar en su laberíntico decir e indudablemente en sus magníficas imágenes y elegantes metáforas, que reburujadas con crudos tropos, nos asombran, nos chocan, a veces hasta llevándonos al límite del asombro, con un ritmo constante. Sus versos compuestos, a veces por palabras inconexas, ideas sueltas o sin aparente mensaje, nos tocan a lo profundo de nuestra mente, moviéndonos a un pensar. Estos, frecuentemente formados por juegos de palabras y de figuras de repetición, están tachonados de vocablos de fuerte contenido y significancia provenientes del lenguaje coloquial de corte vulgar, verbigracia: baba, pus, podrido, culo, nalgas, coño, tetas, mierda, heces, etc. Adrián transgrede al lenguaje al súmmum, consciente y deliberadamente. “Llama al pan pan y al vino vino”, a veces con bastante hermosura, otras sin la sutileza del buen decir, mucho más en el decir poético.
 Y desde “El oscuro rito de la luz”, su primera obra de publicación formal, denota lo que será una constante en su carrera poética: la obsesión por el cuerpo, como objeto erótico, como objeto de deseo y la cotidianidad como argamasa poética. Por otro lado, un manejo herético de Dios como personaje. Adrián Javier desmitifica a Dios, despojándolo de su divinidad y lo trata como un personaje con bajos vicios y faltas propias de los humanos: “la azarosa baba de Dios”, “el juicio descabellado de Dios” y que retoma en su próximo poemario con la frase: “senos que Dios envidia”. ¿Qué quiere significar el autor con estas frases? ¿Acaso se erige así mismo, por ser también “creador”, como un igual a ÉL? ¿Reniega de toda creencia en un ser superior? ¿Es su poética “Nietzscheriana”, o sin Dios?
Este texto, intrincado y oscuro, excesivamente simbolista, en el que su autor, a pesar de su juventud al escribirlo, hace galas de su erudición, está erigido sobre un armazón de versos, laberínticos y misteriosos, con un raro derroche de saber y un extraño y delicado uso del lenguaje que agrede la sintaxis con frecuencia, rompiendo la “concordancia lógica” en frases y oraciones con un fin poético. La musicalidad poética se denota a través del ritmo interno de los poemas, aunque a veces, al final, muchos nos dejen esperando otro cierre.  Todo esto se conjuga para parir un texto de muy rara “belleza” posmoderna, que rompe con lo usual y que innova, alejándose de lo tradicional, hacia una nueva estética.
Pero el autor no se queda ahí, y evoluciona hasta entregarnos otro texto: “Bolero del Esquizo”, más conservador, desbordante de una quieta belleza, al estar erigido sobre una estética más tradicional.
Este nuevo texto construido de una manera distinta, es dividido en capítulos, posee un vaivén lírico, tanto por el ritmo poético en sí, como por el uso intercalado del proema y el poema, como forma de expresión poética, así como por su ondulante nivel de calidad poética.  Sus imágenes y sus metáforas y tropos, más tradicionales, menos chocantes y vanguardistas que los anteriores, persiguen la belleza habitual del canto lírico de la poesía universal. Provocan más el deleite a través del disfrute del lenguaje y la evocación, al contar, muy bien ensambladas, dos historias juntas. La de la muchacha de mañana y amarillo, flaca y tibia como el fuego; historia poética simple de amor y desamor, sucedida en la Habana. Y la propia, apelando a su memoria para, en derroche de confesiones sobre el pasado, a través de lamentos y frustraciones, contarnos sobre sí mismo. Aquí el yo poético del autor parece desnudarse, exponiendo sus conflictos intra-familiares y personales, por ejemplo con el padre. Esta historia utiliza, como argamasa, mucho de las añoranzas de su infancia (capítulos 29 al 32), y su ciudad natal, Santo Domingo, cobra fuerza, como telón de fondo, para historia contada.
Si analizamos el poemario, luego del prólogo, que es un proemio muy poético, con derroche de imágenes y sublimes metáforas, profundas, sentimentales y humanas, en donde el poeta se confiesa, con un acertado lirismo, y pasando por el capítulo cero como dedicatoria poética, avanza hasta los capítulos veintiséis al veintiocho, alcanzando su cenit, para cerrar magníficamente con el capítulo innombrado, que corresponde al treintiocho. Pero, más detalladamente, capítulo por capítulo, del uno al nueve se encuentra descrita la historia de amor y su final con la habanera. En estos debemos destacar la belleza de los capítulos-poemas uno, dos y siete, más el ocho con sus interrogantes y sus juegos de palabras.  Luego en los capítulos diez y once encontramos la ruptura esquizoide en cuanto al tema, el lenguaje poético y la belleza del mismo. El siguiente consigna las confesiones que dan pie a la historia personal del yo poético. El trece es un poema personificado que da paso al catorce, constituido como proema, de gran belleza. Éste atesora el magnífico verso que reza: “un cuerpo sobre otro cuerpo es una esfinge”. Los capítulos quince y dieciséis, con su versificación logran la belleza del decir poético. Luego se intercala un proema, para continuar con un poema y otro, y otro, y otro, hasta alcanzar el capítulo treintitres, de nuevo poema en prosa o proema. Desde el treinticuatro al treintisiete vuelve a cantar en versos, para cerrar, con el bello proema, sin título y sin enumeración, pero con epígrafe, de excelente altura y calidad poética, con bellas imágenes en su lengua esquizo, pero lleno de coherencia y hondo sentir.
Entre todos estos “capítulos”, constituidos por poemas o proemas, hay algunos con poco vuelo y pobre ritmo poéticos, mas muchos se salvan con la grandeza de un verso o una metáfora o una imagen, como por ejemplo, algunas que rematan el cierre con un buen verso final (Ej. 23, 24, 36) Esta característica, va definiendo al poeta, desde este texto a los subsiguientes, como buen “rematador   poético”, dejándonos al terminar el poema una agradable sensación lírica.
Una característica general, del “Bolero del Esquizo” es su buen ritmo poético, ondulante, variable y entretenido; a través del cual, Javier, nos hace bailar, acompasados, a través de su lírica. Si no fuera por la existencia de las dos historias contenidas en el poemario, me preguntara el por qué en el título “del esquizo”. En seguimiento a la crítica iniciada con la primera obra, que por sus características, su lenguaje poético, y su intrincado decir, “El oscuro rito de la luz” se acerca más, mucho más, a esta condición de esquizo.
Hay en este poemario la ausencia de palabras desagradables y vulgares, lo que aunado a su belleza lírica y a la contraposición de proemas y poemas, hacen de este una agradable texto posmoderno que enaltece la estética, una gran muestra de la buena poesía de hoy, y a su autor lo confirma como gran poeta.
Para finalizar con el análisis de este bello trabajo, sólo me resta agregar: el juego con los colores, al aplicarlos metafóricamente a situaciones, personas y cosas (otra de  la características de la poesía de A. J.);  el uso posmoderno de palabras sueltas, de vocablos sin aparente conexión sintáctica, para que digan algo (pag. 65), como en la obra analizada anteriormente, además, el entrelazamiento entre ambas obras: “pero fue luego del fuego  y de la lluvia que inicia su oscuro rito la luz” (pag. 65); el uso repetido de un vocablo para aumentar el ritmo y afincar el significado del mismo, recurriendo con frecuencia a las figuras literarias de repetición como paralelismos, anáforas, aliteraciones, entre las más usadas, costumbre que marca su estilo a lo largo de su obra literaria; y por último, el uso modificadas para crear nuevas, como: abrisa, buela, gonía, Habanecer, amareces, oscuritud, basándose con el ritmo fonético o en su significado y la ruptura arbitraria de la concordancia en género entre un sustantivo y su artículo.   Una muestra fehaciente de que los poetas reinventan, con sutilezas, el lenguaje, para que cante, de forma original, su yo poético.
En “Erótica de lo Invisible” obra dividida en cuatro partes, contentivas de poemas en versos presentados de forma monoestrófica, muy interrelacionados entre sí, al tanto que se reconoce fácil el entrecruzamiento de versos de un poema a otro o la clásica génesis de uno nuevo a partir de otro anterior; dando lugar a la concatenación, que se continua, a veces, sucesivamente en 2, 3 y hasta 4 poemas. Su primera parte: Cuerpo de viaje, conformado por 21 composiciones, cada una con su título, nos pinta de cuerpo entero a su autor al referirse al cuerpo como objeto y sujeto de pasión erótica. De esta quiero destacar los poemas: Poner las manos, y, los concatenados, Ardid de la Rosa, diatriba de la flor templada, la rodilla menor y oficio de la intemperie; por otro lado, me llama la atención la concatenación contrapuesta de los poemas: estilo de música y piel mejor, anverso y reverso de una misma canción poética. Entre las páginas 31 y 37 encontramos cuatro poemas autodefinitorios o de presentación del yo poético, en los que canta sus propias “particularidades”. De la segunda parte, la esfera del deseo, sólo escojo el poema espejo de hotel, muy estrechamente ligado con Cuerpo Caribe, de la siguiente tercera parte titulada más turbado que nunca, que reafirman el estilo propio de Javier de reutilizar imágenes, versos, palabras y temáticas, de poemas a poemas, en la construcción de su poética total. De esta tercera parte vale la pena mencionar también: nebulosa, lunares, anatomía de mujer invisible, período, taxi y el genial “más turbado que nunca”. Son precisamente esta tercera y la primera, las dos partes con mayor vuelo en todo el poemario. De la cuarta y última parte, exclusivamente escogemos la que nombra dicha parte, desnudos en la nada.
La sutileza del erotismo presente en esta obra es tal, que diríamos que realmente el erotismo es casi imperceptible, invisible, como el propio título. Simbólicamente presentado a través de finas imágenes o leves metáforas de poca fuerza erótica. Además, destacamos, de nuevo, la ausencia de palabras chocantes o vulgares, pero también, la poca presencia de lirismo, a lo largo de todo el poemario, tornándolo de escaso vuelo. Eso sí, el autor ratifica su excelente condición de “rematador de poemas” al acuñar versos de cierre que muchas veces salvan o simplemente elevan a un poema de escaso vuelo lírico. Me atrevo a expresar, por lo anterior expuesto, que de todos los poemarios del autor, incluyendo los aún no citados, éste es el más débil del conjunto.
En “El bosque enfrentado” Adrián, con muy buen ritmo poético, enaltece la burda cotidianidad de la vida callejera neoyorquina, y, transgrediendo levemente el idioma de múltiples maneras, al igual que es pateado nuestro español en las calles de esa urbe, nos presenta una crítica, con acertado sentido en el lenguaje, a la vida de un segmento de la diáspora latinoamericana y criolla. Sin signos de puntuación, con palabras chocantes y, sobre todo, con la personificación e importantización de lugares y monumentos simbólicos de la gran manzana, nos regala un proema único, bien hilvanados y de gran cohesión interna. Una obra total. Una obra total, cuya característica más relevante es su ritmo interno. Al inicio, de entrada, es chocante y vulgar; más cuando se les busca el ritmo se discurre fácilmente en un poemar continuo y sencillo, que corre sobre rieles, a veces hasta muy bulloso, otras a mediano silencio, de una poesía así como es ella, la Nueva York moderna y oxidada, posmoderna y agónica, pero poemar destellante, como la misma urbe.
Con un lenguaje coloquial, tachonado de palabras cultas y de raro uso, enhebra un poema compuesto por retratos y estampas, que a través de su lirismo y de su hondo decir nos mueve a un pensar, un cuestionar a aquella dura realidad. De esta manera, el poeta, por medio de su obra huye de la realidad que lo convoca y aturde, para retrotraernos a nosotros, los lectores, a esa misma realidad de forma inquiriente. Javier explaya su yo poético hacia el lector, convertido en tú poético del proema, al interactuar activamente con él. Demanda su atención, y hasta le interroga participativamente. ¿Analítica y crítica social al imperio? ¿Imbuirse en la problemática de la diáspora? Lo que sea, pero lo cierto es que, es un viaje distinto, distorsionado y loco, pero fascinante, por los destellos de lucidez y de demencia plasmados con un gran lirismo y un vuelo poético enaltecedor. Brillantemente esquizo, como sólo un gran poeta puede hacerlo. Por eso, en un análisis de correspondencia ética y estética, diría que: de músico, por el gran ritmo de sus poemas; de poeta, por las construcciones de imágenes y la reingeniería del idioma que realiza, al expresarse en versos o en proemas; y de loco, por la forma de su raro y hasta absurdo decir,   Adrián Javier tiene mucho, demasiado diría yo; y por eso le queda para darnos mucho más.


Para mí, con este texto de Adrián Javier, confirma lo que sostengo en base a mi apreciación y sentir personal, que lo más importante es el ritmo, y que la poesía es música hecha de palabras y en la concatenación de los poemas está la base, la gran base, de la auténtica belleza poética para los oídos humanos. La poesía es canto que nos entra por los oídos para conquistar al alma, que es hembra como cualquier mujer.
Regresa el poeta desde la gran urbe, deja atrás del frío y la insensible vida de la Babel de hierro y se inmiscuye en su cálida cotidianidad, sudando, tocando como los criollos solemos hacer. Y al ver la cadencia de las bellas hembras, que acaricia el sol de nuestra Quisqueya, el impulso brota, se agita lo macho, y no hay de otra que: “Tocar un cuerpo”.
En este encendido poemario en versos, el autor vuelve sobre sus pasos, transgrediendo al idioma con toda su seguridad y su ex de creador, pero con el bello ritmo poético, que nos regaló en la anterior entrega. Y construye poemas en un erotismo demasiado firme, enhiesto y penetrante, rayando escasas veces en lo vulgar. Con medianía de imágenes y con exceso de las figuras literarias de repetición construye versos extasiantes y placenteros, tanto por su contenido como por la atrevida belleza que contienen. Tocar un texto chocante, bello y enardecido, sí el más enardecido y erótico de todos los textos poéticos del autor. Si en Erótica de lo invisible el erotismo era casi imperceptible, en “Tocar un cuerpo” este se palpa, se toca, se desborda. En este poemario, tomando las palabras de Manuel Salvador Gautier, encontramos: “una secuencia de encantamientos metafóricos, a veces feroces, muchas veces determinantes, siempre arrastrando consigo la dominación del sexo, esa fuerza paradójica que debiera ser la exaltación de lo humano y que, en vez, se autodestruye en el incomprensible paroxismo magnético de los sentidos.”



Presentado de manera impecable desde su exterior al más íntimo y recóndito detalle interior, es un libro que llama la atención y atrapa por todos sus detalles. El título “toca” a la curiosidad de cualquier lector, mucho más si se es masculino, por el claroscuro de la portada. Luego índice encontramos una poética, muy buena. A seguidas un epígrafe excelentemente escogido, acertado y concordante al texto. Y, saltando el análisis de presentación de mismo por Plinio Chahín, caemos en una dedicatoria, a modo de justificación de todo el poemario, con la significación personal e íntima. A continuación inicia la primera de las dos partes en que está dividido el libro: la rodilla menor. Título llamativo y esquizo, que da paso a otro excelente epígrafe: Tocar un cuerpo/ es tocar el cielo/ es tocar fuego. (Novalis). Luego arranca con 18 poemas, sin títulos pero numerados, en los que plasman en versos un hondo sentir erótico envuelto fino lirismo macho. A través de su decir, enaltece la cotidianidad de la interacción erótica, al abordar muchas de las situaciones del diario vivir, entre sábanas, frente a espejos, en la intimidad de la casa o ante un público, al navegar por este mar del sexo, al adentrarnos a un cuerpo de mujer.
Un canto al cuerpo femenino como fuente y objeto de placer. Como ha sido desde que el mundo es mundo, Quiérase o no, así ha sido, y lo será afortunadamente. Un canto constituido de poemas monoestróficos cuyo ritmo interno se basa en el pareo de versos, dos a dos, de manera casi constante, con versos sueltos, a veces de una sola palabra. Un canto en el que el yo poético del autor, líricamente excitado, canta de manera muy íntima y personal con su decir a un tú poético tan real, que nos parece que le está escuchando, por eso no le teme a explayarse en su sincero decir, franco, directo y a veces hasta brutal (me gusta el verde cuando se desliza/ en tu coño de ángel y suicidio.) Un canto sostenido por poemas que internamente están tan concatenados que pareciera que no tienen final, para que se inicie el próximo que le sigue (5, 6, y 7; del 8 al 18, con la dislocación del excelente 16). Porque pueden y deben ser leídos juntos, unificando así el verdadero sentir de la voz poética que canta.
En él hay versos trascendentes al poemario mismo, como la verdad poética, casi verdad de vida, que pareciera fruto de una revelación poética o de una introspección profunda en la intuición del autor: “Una mujer desnuda/es un mar sin sombras/ que diluyendo azares/revela lo inaudito.” De todos los versos paridos por el poeta a lo largo de su vida, es sin duda alguna, uno de los mejores, para mí el mejor.
La segunda parte, la piel de fuego, contiene doce poemas con la misma estructura y en los que encontramos la íntima concatenación de los poemas 20, 21, 22, 23, 24 y 25; que a mi humilde entender es un solo poema, innecesariamente “dividido”. ¿Estrategia poética? ¿Medalaganería autoral? Por último, de este excitante y bello poemario, debo de abordar críticamente el colorido y largo poema 19, ligeramente absurdo e ilógico, y además procaz. En este aceptaríamos el uso del coño, para nombrar lo que sabemos, pero... ¿por qué el uso de culo y, peor aún, de mierda? Transgresión Javierana del lenguaje que nos permitimos tildar de innecesaria, por grosera, chocante y no elegante.
  Luego, en su producción poética, Adrián Javier compite consigo mismo, al poner a galopar juntos a “Tocar un cuerpo” con “Caballo de Bar”. El primero, en justicia, le saca varios cuerpos de ventajas, ya que el texto equino, definido ´por el mismo autor como: “un libro que es todo un poema. Un solo poema, segmentado, un poema de los que llaman "largo aliento" y además  que es muy personal”, no alcanza el lirismo, la hermosura y la genialidad del primero. No nos da tanto placer estético como el que proporciona  “Tocar un cuerpo”  tan bien formado, como el ya descrito.
  “Caballo de Bar” armado con el patrón divérsico y monovérsico, característico del autor y con sus retos a la lógica del lenguaje como instrumento y vehículo del pensamiento y sus interrogantes,  a lo que ya nos tiene acostumbrado, es un poemario, a mi parecer, sin pretensiones. Sin signos de puntuación alguna, lo que aumenta significativamente las multivocidad de los mensajes, pudiéndose armar diferentes composiciones o frases dependiendo del punto de partida que se tome como pie de amigo, y con mayores infracciones a la sintaxis, es de nuevo una ratificación más de su esquizo estilo poético. Mas el caballo, se queda corto en el vuelo lírico y, sobre todo en la ritmicidad interna, tan distintiva y valiosa, típica también de su estilo.




En fin, “Caballo de Bar”, dividido en XI dispares partes, a modo de ver es el exorcismo interior de un decir esquizo y muy personal, que se da como lujo un poeta establecido, reconocido y con voz poética propia y sólida, como él. 
 Por último, tengo el privilegio de adelantarles, en este trabajo, el análisis de un texto inédito, gracias a la condescendencia y confianza del autor para conmigo: “Lo terrible de adentro”.
En este largo poema, unificado y único, el yo poético del autor parecer hacer un extenso soliloquio, en contravención franca a la lógica del lenguaje convencional, desafiando al entendimiento del lector, al que de nuevo integra al texto, tratando de interactuar con él. ¿Acaso Adrián Javier, como autor, cuando escribe piensa en sus lectores? o ¿Es mera retórica como artificio escritural posmodernista? o ¿Recurso divagante para importantizar al posible lector?
En este trabajo también es constante en el uso de las figuras literarias de repetición, variando el orden o no, cambiando una palabra en la frase, pero dejando lo esencial, para construir imágenes típicas del estilo del autor. Otra costumbre poética acertada de Javier que vuelve a relucir es su magia para crear palabras nuevas (verbigracia somnolecer, trastardecer) llenas de belleza, que evidencia su gran ingenio y alimentan al lenguaje, renovándolo. Como ya dije, positivo ejemplo de que los poetas desconstruyen el lenguaje para reconstruirlo con elegancia y hermosura.

©Eduardo Gautreau

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