Bidó: La doble visión de su Palabra poética‏

Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.
Samuel 16:7

Puedo esconderme cuando la incertidumbre
me cobija, cuando los fuertes amenazan ahogarme,
sin embargo me ahogo sin morir, más los tiempos
no me olvidan, y sigo lentamente mis cavilaciones.
Muchas veces, como un sofista, retozo con mis
creencias hasta más no poder…
Soy milenario.
Me río irónicamente del drama de los hombres.
Paseo por el Nilo, Grecia, Cataluña, París, Santo
Domingo o Moscú; para mí ningún sitio es lejos.

(Monólogo de la tortuga I).




Palabras poéticas de Víctor Bidó, que más bien parecen autobiográficas. Autobiografía de un yo poético que, cómodo, canta en versos blancos, acabalgados y dispuestos de una forma gráfica en la que se conjugan los versos sueltos, los pareados y las estrofas, ya que en su primera etapa para este poeta la forma parece ser tan importante como el fondo, en su decir; con los que Bidó, a decir de Manuel  García Cartagena: “condenado por la pasión, enarbola una sensibilidad metafísica que rasga los velos ocultos al enano ojo inmediatista; su mundo es el mundo carcomido de las cosas que el tiempo ha manoseado hasta borrarles el nombre, hasta convertirlas en sombras.” (Prólogo de Cuaderno de Condenado, de Víctor Bidó (Santo Domingo; Biblioteca Nacional / Col. Orfeo, 1986, 62 pp.).
Y de esta primera obra del autor, fruto de un experiencia abominable que lo marca, por la cual supo  “escribir en sus páginas los gritos que por su boca no saldrían” (MGC) para así, como todo ser sensible y especial, aprovechar dicho viacrucis de manera positiva, transformante, alcanzando la catarsis a través del arte  (poesía y pintura) y resurgir, ya liberado, como ente en busca de lo luminoso, de lo claro, de lo etéreo, con un soporte espiritual que lo diferencia del resto de su generación de bardos locales. Y de esta sublimización lírica, que es Cuaderno de Condenado, escojo su apoteosis: Torblanca, El pescador. Digo apoteosis a conciencia, pues en este último poema es donde, a mi juicio, como remate, el yo lírico alcanza su cúspide o culminación y es donde ausculto el primer arrebato poético, en lo que luego será una constante, en su obra lírica.
Un trago destapó los demonios, / sobrepasó la sorda angustia / de sentir / el monto de los leopardos: / abúlicas paradojas. Fui objeto / del ansia. / Destroné el misterio y supe el / sabor amargo del dador. Volvía / a cada / instante, ahorcando zonas del cuerpo / dibujando los golpes de la rebelión.
Torblanca: esfinge del placer / monumento, / suave espina, noche abigarrada. / Mi alma embruteció al voltear / el lecho de pez. /   Nunca / olvidé el vértigo de sus labios. /  ¿Qué más? / decirlo es desconfiar del instante. / Torblanca, mujer metamorfoseada. / El primer intento del infierno / es el baile. / Melodía en tres voces.
Es este un canto de alto vuelo lírico, con sublimizado erotismo, en el que el poeta, a través del amor de un pescador por Torblanca, de apasionada manera, nos narra el infinito amor / de dos estúpidos humanos / convertidos en más. Torblanca es la amante onírica ideal e idealizada, si fue real dignificada y sublimizada, subrealizada, a modo de André Breton, quizás fruto de la imaginación del mismo pescador, alter ego del sujeto lírico que canta: Torblanca, mujer metamofoseada. // esfinge del placer / monumento, / suave espina, noche abigarrada. // Ella se parece a Ceres o Circe. / Digna al oficio es sierva. / Conocerla exige precauciones, / nunca gritos o desmedidos / gestos. Su cuerpo: una vía, / no todos trazan la simbología / del camino.
Y aquí el mismo poema nos da una clave: La Simbología del camino que nos traza Bidó, en versos. Ven dice el pescador. Más adelante insiste: Ven dice el pescador. Nadie responde. Ahora es más evidente que en el poema, que es un sueño de una noche de veraniega, está plasmada la búsqueda emprendida por el yo lírico, una búsqueda existencial perpetua a lo largo de cuatro poemarios, una búsqueda espiritual que culminará en su más reciente e inédito trabajo, en el que logra traspasar los mares de su angustia, dejando atrás su dolor, redimido por la poesía y el amor. Un amor no carnal. Un amor espiritual que lo traspone por encima de todo, en un plano superior, metafísico, protomístico.
Amante de lo Clásico, se desborda en inspiraciones alrededor de los temas y personajes mitológicos griegos y romanos. Así, Teseo, Proserpina, Ceres, Circe, Aquiles, Ulises, Orfeo, Ícaro, Sócrates, y demás Dioses, semidioses, héroes y filósofos se pasean por sus páginas como parte de un imaginario fantástico, de corte onírico. Y es en Poemas de la Tortuga, poemario construido con poemas de corto aliento en versos blanco, con el frecuente uso de versos sueltos, dándole importancia a la forma del poema, sin descuido de su contenido, en donde el poeta nos demuestra el dominio que posee al respecto.
Notablemente / voy tras un labio inmóvil / sediento como el mar. // Si viajo, no es menos Ulises. // Si canto, / no es menos Orfeo. // Tulipanes inmóviles. // Allí se tejen las sombras / de un grito: / subterránea pasión del arco. (Beso).
También  en dicha obra, el sujeto lírico se desnuda, mostrándonos su inútil soledad del desamor. Y agreste, perpetuo, suspirando solitario nos muestra los desgarros de su alma:
Inútil soledad del desamor, / ave menesterosa en el inmensidad, / viento helado, espacio deshecho, / oscuro resplandor, / sin ecos la azul soledad de Dios. / Indiferente, aguza la templanza. / No basta para sí tres en uno. //     Perpetuo. //
No cansa quien nada espera. // Vibra ausente el desamor humano. / Muere augusta la flor, despacio / en sorbos desolados. //        Agreste. //     Suspirando, solitaria. (Impronta desnudez).
Luego, en el poema que a mi parecer remonta la mayor altura lírica del poemario, le dice Adiós a Narciso, con encabalgamiento vérsico y en tres medianas estrofas, volviendo sobre su soledad y el dolor y la melancolía que ella le causa.
De ahí se aleja de los mitos greco-romanos y vuela en luz cual mariposa o ave en búsqueda incesante: Suma Presencia. Punto de inflexión en su producción poética, pues a partir de esta cambia la forma y fondo de su decir. En cuanto a lo primero: En su parte inicial, la de mayor nivel poético, abandona los encabalgamientos y versos y estrofas adoptan una disposición convencional, surgiendo todo con mayor fluidez en el ritmo. En cuanto a lo segundo, el yo poético se nos muestra contemplador, en una afanosa búsqueda existencial luminosa, dejando atrás el dolor manifestado en las anteriores obras. Con los símbolos la luz (la verdad, lo divino), los pájaros (vuelo, la búsqueda de la libertad, de lo alto), la mariposa (belleza, vuelo y libertad) y la mirada (la contemplación), esta obra va más allá de lo onírico y lo metafísico, rasgando lo espiritual.
Miro. / (¿Quién no mira?) // Miro y respiro. / Se tambalea el agua y sigue la voz. // Miro y oigo. / Nostálgica canción en el río. // Miro y callo. // El silencio a orillas del corazón. // Miro y contemplo. // Vuela la luz en el amor. (Miro…)
Y en toda la obra, entrelazada como un solo largo poema, como un todo, y dividida de manera arbitraria por el autor en “poemas” o partes con títulos salidos de sus mismos versos, nos encontramos con verdades poéticas, reflexiones más que metafísicas espirituales, que a veces rondan lo místico:
Tesoros del alma oscura, hijos del dolor y el amor.
El espejo tiene sed / y no lo sacia corazón alguno / ni justicia terrenal asida.
Sentir la derrota / sin paz aun luchando. / Oscura espiga que enciende el misterio.
La esencia es ir / y en el camino morir, / única forma de volver.
Si en el canto de morir se vive / por morir sueño vivir, / y cuanto más canto, más sueño / que vivo.
Aborda la muerte de manera distinta. Más clárida, más espiritual. No de la forma oscura, dolorosa de los demás ochentistas, sino como vía del viaje de búsqueda espiritual. Y es por eso que en su poesía poco cabe lo cotidiano, pues todo es enaltecido, giros altos por los senderos donde va el espíritu; y si aborda lo cotidiano lo utiliza dándole un matiz espiritual, por ejemplo, se dirige al padre, a su padre, pero hay un multivocidad en su lenguaje poético, fácilmente aplicable al Padre Celestial. Por eso los poemas semejan salmos:
Otra vez vuelvo sobre mi flaqueza. / De mi esperanza otra vez procuro / vencer estos arroyos. // Es el furor / quien lanza por estos cercos. / Mi flaqueza un cuerpo necesita / de sol y mar / donde anda el amor y la aurora. 
De hecho en el poema Hay noches, la noche, en que nos recuerda la noche oscura del alma del inmenso y místico Juan de la Cruz, el sujeto lirico parece reportarnos una experiencia mística:
Hay noches en que el cielo llora / lágrimas del alma anonadada / donde se crispa la soledad / en un horizonte tierno como la ausencia. //
[…] sin más consuelo que las sábanas y los enigmas. // Noches que se buscan sin destino / bajo el vuelo sombrío del recuerdo. / A veces, simulando dormir, uno vaga / por simples rastros que el olvido / o la memoria sostienen por clemencia. //
Pero alguna vez vendrá la Noche, / el desapego total, y se habrá de vivir / la experiencia fundamental de estas noches / que abruman de lágrimas oscuras el alma anonadada.
Es que la voz poética, si no lo ha experimentado, busca la revelación: Nada intacto queda, / ni siquiera lo humano. Nadie dio luz a esa voz / que ardiente se rebela. 
Aquí es válido aclarar que, a sabiendas que rebelión y revelación son cosas muy distintas, parecería que más que la primera es la segunda que quizás nos revele el mensaje esencial de esos versos.
Dándote –se agiganta la luz- / el naufragio en las lágrimas / y la muerte en la entrega. // Dándote –imaginado regreso- / la premura en el almendro. / No niegas otro laurel el verme. Dándote –todo darte- / sufro en la entrega.
Su búsqueda es la espiritual y a través de la poesía, como Ángel Rivera Juliao, y como tantos otros poetas, interioristas y no interioristas, por medio de esta se redime; es que  Lux et veritas poesis est. Por eso juzgar la poesía de Bidó solo en el difuso plano de lo onírico es restarle altura a su vuelo, es no poder apreciar la hondura de su decir protomístico. Ya que el poeta va tras el misterio, pero colmado de luz,  de claridades, y consciente sigue la senda en la búsqueda de alcanzar a Dios. Por eso afirmo que Víctor Bidó, es el más luminoso de todos los poetas de los 80 que he analizado hasta ahora y conozco la poética de casi todos: Si Hilario es pasión (gitana), Mármol erótico filosofar, Martha Rivera cotidianidad y tormentosa existencialidad y Dionisio de Jesús oscuro blasfemar atemorizado por la muerte y el más allá,  Bidó es luminosa búsqueda espiritual, es vuelo en clara pesquisa, sin tormentos, sin congojas y sin desgarramientos.
Y a pesar de que el poemario, en su porción final, desciende en el vuelo lírico y retoma su morfología anterior (encabalgamiento y un lento fluir) convirtiéndose, a veces,  en letánico y narrativo en general el balance de dicha obra es positivo.
De ahí en adelante, remontando el Territorio de las Nubes, el yo poético del autor continúa el  periplo lírico, en un ascendente vuelo para el alma, soliloquio confesional de sus desventuras, sus “hambres” y sus vacíos. Su necesidad perenne de amor. Ahora el cuerpo es piedra, el alma ave. Ave que emprende un vuelo hacia las nubes, vuelo de búsqueda personal hacia la vasta lucidez. / Silencio en la cúpula siempre: / (prosigue) la plenitud cimera. (Cielo).  En ese viaje, en esa búsqueda, el alma es viajera; el alma transita diariamente por extraños / caminos / y aún no comprendes la realidad / (sorpresas), ves tan solo el telón /  (las apariencias, diría yo) de vuestra propia escena. (Esparcimiento). Es que el yo poético se siente viajero:
Para cada viajero / una sombra en la hora de silencio que manifiesta / la absoluta emigración de los ensueños. / No hay destino sino la irrelevante razón  de todos los destinos / donde la puerta esconde otra puerta, / donde el oasis retorna en el infinito del alma. / Cada viajero es la creación misma.       //  El vuelo origina en el otro agujero de la mirada, y, en pronta / hazaña, doblega todo intento / de forjar el instante del silencio amado. Muy aquí, en este / tomar la sombra, se oye venir la embarcación y se palpa el / hueco del ave en el florido portal del regreso.
 Y en ese viaje el alma campea las olas de su tormento, // ahora escalas y temes. // ¿No sabes? Subir es otra manera de bajar. Crees estar ciego por eso ojos endurecidos / como la noche, fijos en el viento / que pasa sin estrellas. Y solapado entre las líneas de versos hay un doble mensaje o mejor aún hay un mensaje  para un doble destinatario: Sus padres, a quien le canta,  y a Dios.
En fin en este canto el sujeto lírico lamenta su orfandad, sus lunas tristes y su solitaria ánfora de miel. Más fijaos, su ánfora no está vacía, ni llena de retama, acíbar ni de hiel, sino de miel. Y no podía ser menos, en un ser lleno de amor, que en el proceloso mar mira a Dios de puro azul. Un alma que atesora el silencio, la luz, que en su cuerpo restalla, por cada rincón, el fuego sagrado. Que a través del olvido trasfiguró el dolor, y que con este canto enaltece a sus progenitores, elevándose, más allá, del territorio de las nubes hasta alcanzar el otro lado de la mirada.
Con dos epígrafes, uno de Octavio Paz y otro de Pessoa, el autor nos pauta el rumbo de lo que anhela: adentrarse en el otro lado, en el revés de la mirada y nos advierte que él (o cada quien) es del tamaño de lo que ve y no por su estatura. No sé porque me recuerdan las escrituras, resonando el eco de las palabras de Jesús: “El que tenga ojos que vea”. Si desde tiempos antiguos se considera que los ojos son las ventanas del alma y el mirar se ejerce con ellos, al buscar, como dice Paz, “El revés de lo visto y de la vista.” nos adentramos en el alma misma de quién mira. Y si como Pessoa, “yo (es decir el poeta) soy del tamaño de lo que Veo y no del tamaño de mi estatura”, entonces podemos deducir que el alma mira según su tamaño y como dice el Salmista los ojos se enaltecen o se humillan, que equivale a decir el alma que mira se enaltece o se humilla; adentrémonos entonces en el poemario de Bidó para descubrir que encontramos Al otro lado de la Mirada.
En versos blancos, con escasos encabalgamientos, construye poemas breves, en los que abundan los versos solitarios y las estrofas muy cortas, cuyos títulos parecen ser pretextos para una división interna muchas veces demasiado arbitraria. Es que, fácilmente aprecio que no hay poemas individuales realmente, se trata de un todo, o sea, un poema único, divido en varias partes o porciones, según su decir y su ritmo interno, pero por su unidad temática y por sentido lírico es un solo canto poético. Al igual que las dos obras anteriores del autor. (Note el lector y juzgue: He unido los siete -7- “poemas” iniciales del texto y a propósito le he eliminado los títulos, concatenándolos con una pausa entre cada uno, teniendo el cuidado de señalar por medio del subrayado el verso, la frase o la palabra que le servía de título. Cuadro 1, en dos columnas).
Al leerlo en conjunto resulta “un primer movimiento” o introducción lírica, a manera de introito o portal de entrada, y a mi entender el hecho de individualizarlos, con títulos, fragmenta el poema, quitándole sentido y limitando su ritmo. Es más, señalaré las porciones internas del poema, como un todo, recomendando su lectura integral, es decir sin títulos, para su mejor fluidez, mayor sentido y belleza.
Luego, el segundo y largo movimiento o porción lo es, Mariposa en ceniza desatada. Este de muy largo aliento y alto vuelo lírico, con un epígrafe interno propio, se nos presenta con una individualidad o autonomía evidente; es el gran cuerpo del poema-poemario titulado por el autor Al otro lado de la mirada. Consideremos entonces que lo inicial es la obertura y lo segundo el poema en sí.

Obertura” del poema Al otro lado de la Mirada. Cuadro 1

Constante en su discurso poético, el yo poético vuelve sobre sus símbolos: Mirada, memoria, mariposa, ave; símbolos ya desentrañados al respecto. Y mirada, mariposa y ave emprenden con la memoria un vuelo ascendente más allá del Territorio de las Nubes gracias a la acentuación y  ahondamiento de la contemplación:

Se mueve la blancura de los aéreos castillos,
Altos arlequines la mirada en rotación
Grabando lo ausente.
Allí lo divino con sus alas de inconmensurable belleza.

Es que ahora su mirada alada tiene mayor vuelo, mayor alcance, el sujeto lírico rasgando el misterio devela, por medio de la contemplación, la senda hacia lo divino, va hacia lo místico, en esa búsqueda incesante emprendida a lo largo de su devenir humano y poético. La mar de las veces el mirar es relacionado o tenido en la Biblia como capacidad de conocer y discernir: “[…] serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal.” (Gen. 3:5). “[…] Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.”(Colosenses 3:1-3) y eso hace el poeta cuando declara en versos:

Posada en mí la mirada se desconoce
En la profundidad de la luz.
Fría luz que acosa la conciencia.
El amor aguarda
Porque la luz sube impenetrable.
La sabiduría consiste en olvidarlo todo
Hasta este cuerpo de placer
Por este aliento que soy.

Aquí subrayemos: la profundidad de la luz, la conciencia, el amor, la luz impenetrable, la sabiduría, cuerpo de placer y aliento que soy. Términos de una honda connotación espiritual, que sin aislarlos del texto, en su contexto, tiene un infinito significado de trascendencia. Aquí cabe perfectamente repetir: Él que tenga ojos que vea:

“La luz de la mirada interior” del yo que canta y que anhela:

Hasta lograr la oscura plenitud del otoño
Y, tal vez, el oscuro porvenir de la resurrección.  Más adelante se interroga a sí mismo: ¿Viaja por distintos senderos la mirada del hombre? Y si esperar respuesta declara: El lenguaje no se corresponde.
Hay una débil frontera que el místico
Y el enamorado puede cruzar. Ese lenguaje del que habla es el mirar. Mirar es comunicarse al margen de las palabras, es entablar, más que un monólogo, un diálogo con la(s) persona(s), objeto(s) o fenómeno(s) que se mira(n).Y contemplar es un mirar profundo, un diálogo a la hondura, a la esencia misma de ambos lados de esa contemplación. Por eso la frontera que ambos pueden cruzar, por la mirada, es lo que comparten: el amor.

Por último, el yo poético nos dice

La mirada de Dios nos ve con su cálida desnudez 
Y nos postramos antes su luz cegadora 
E infinita bondad.
La mirada de Dios transfigura 
Y nos transfiguramos ante su mirada amorosa. 
Y en una clara alusión al Señor le dice: 
Tu mirada es una flor en el aire;
Tu mirada advierte esa luz
Por el arco del deseo y la pasión.
Tu mirada subvierte y revela eso
Que los amantes agradecen.
Con mirarme soy un guerrero
En el filo de una espada.
La existencia se derrama
Y ya nada es posible sino por tus ojos,
Entonces, me uno al vórtice encantado.
Con  mirarme el mundo festeja
Hasta perderme en esa luz que me despoja de la muerte.

Llamándole a Dios dulzura eterna, no describe como es estar con ÉL:

El cielo ejerce la magia
De estar aquí y ahora.
En la presencia única, en la suprema forma visible,
En la fragilidad del mundo y no por ello irreal.

La otra forma inmutable:

Ah, mortal que en un instante conquista
El rayo florido de la claridad.

Para reafirmarnos que todo lo lograr por el mirar, por la contemplación, nos dice, como en un diálogo amoroso con ÉL:

Cuando me miras: 
¿Qué ves? ¿La estatura o el atributo?
¿Qué hay detrás o dentro?
¿Puedes conocerme o soy un enigma?
¿Qué hay en ti que pones en mí?
La mirada del corazón redime, libera,
Expande, agencia y armoniza.
La mirada, como un rayo, fija ese momento
Donde  reconoce su verdadera bondad.
Cuando me ves:

¿Eres, soy o somos lo que es?

Yo, cerrando el círculo, volveré a la esencia del epígrafe: Dios mira el corazón del hombre y al mirarle, por eso si el hombre mira hacia Él se encuentran las miradas, en la unión infinita e inefable de la experiencia máxima, espiritual, mística unión que se logra por Gracia y que transforma, como bien aseveró el yo lírico de Bidó entre sus versos.
Ante todo lo anterior: ¿Se puede limitar la visión de la palabra poética de Víctor Bidó solo como metafísica? No, va mucho más allá, más allá de la SUMA PRESENCIA, más allá del TERRITORIO DE LAS NUBES, para alcanzar la unión mística, por la poesía, Al OTRO LADO DE LA MIRADA, donde queda la esencia del ser, el alma, ave, alada mariposa, que puede alcanzar al SER SUPREMO por medio de la alta Contemplación y la unión mística.


©Eduardo Gautreau

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